América XXI

Apuntes en un momento clave de la Revolución Rusa

Por: León Trotsky
Fecha de publicación: 01/12/11
Foto Vendedores de leche en el mercado Kuznetsky

Alerta: con el texto que sigue, fragmento de un escrito que el fundador del Ejército Rojo redactó en un período de descanso, luego de vencidas las tropas blancas (zaristas) en la guerra interna, Trotsky llama la atención sobre cuestiones vitales de la vida cotidiana, que por diversas vías trasuntaba aspectos de degeneración del ímpetu revolucionario. El papel de la burocracia, las raíces profundas del lenguaje y las conductas, son analizados al correr de la pluma revelando hondas fallas en la estructura social y el nivel educativo de quienes debían ser vanguardias del primer osado “asalto al cielo”. 



VIII. El respeto y la cortesía como condiciones necesarias para unas relaciones armoniosas   

 

Durante las muchas discusiones sobre el funcionamiento de nuestro Estado, el camarada Kiselev, presidente del Sovnarkom, pone en primer lugar, o al menos vuelve a traer a colación, un aspecto del problema que es de gran importancia. ¿En qué sentido la maquinaria del Estado entra en contacto directo con el pueblo? ¿Cómo se conduce con él? ¿Cómo trata al demandante, a la persona que ha sufrido una injusticia, al viejo “peticionante”? ¿Cómo atiende al individuo? ¿Cómo se dirige a él, si es que en realidad se dirige?... Esto también constituye un factor importante del “modo de vida”.

 

En este tema, sin embargo, debemos separar dos aspectos: forma y sustancia.

 

En todos los países democráticos civilizados la burocracia “sirve”, por supuesto, al pueblo. Esto no impide, sin embargo, que se eleve por encima de éste como si se tratara de una compacta casta profesional. Actualmente, ya sea en Francia, Suiza o Estados Unidos, sólo es útil a los magnates capitalistas; más aún, se comporta servilmente con ellos, mientras que trata arrogantemente a los trabajadores y campesinos. Pero en las “democracias” civilizadas este hecho está revestido de ciertas formas de educación y cortesía, en mayor o menor grado según los diferentes países.

 

Cada vez que lo consideran necesario (y eso sucede con gran frecuencia), el puño de la policía resquebraja sin dificultad esa pantalla de educación. Los huelguistas son apaleados en las comisarías de policía de París, Nueva York y el resto de las grandes ciudades del mundo. Como quiera que sea, la educación “democrática” es, en lo esencial, un producto y herencia de las revoluciones burguesas. La explotación del hombre por el hombre conserva su vigencia, ahora menos “brutal” y adornada con el pretexto de la igualdad y la urbanidad de las costumbres. En tanto nuestra máquina burocrática soviética contiene, junto con los gérmenes de las nuevas relaciones humanas, tradiciones provenientes de distintas épocas, constituye una realidad única y compleja. Entre nosotros, como regla general la cortesía no existe. En cambio, es fácil observar gran cantidad de esa grosería heredada del pasado. Pero ella no es nada homogénea. Se trata de la simple grosería de origen campesino que, por cierto, no es plausible pero tampoco degradante.

 

Sólo se vuelve insoportable y objetivamente reaccionaria cuando nuestros jóvenes novelistas la exaltan como si se tratara de una excelente adquisición “artística”. Los elementos más adelantados de los trabajadores miran esa falsa sencillez con una hostilidad instintiva, porque precisamente en el lenguaje o el comportamiento vulgar perciben las huellas de la vieja esclavitud, mientras que ellos con su disciplina interna aspiran a adquirir un lenguaje culto. Pero esto sea dicho de paso.

 

Al lado de este tipo de grosería apacible, la habitual grosería pasiva del campesino, tenemos otra de tipo especial: la grosería “revolucionaria”, la torpeza de los líderes, debido a la impaciencia, a un deseo por demás exacerbado por mejorar las cosas, a la irritación que en ellos suscita nuestra oblomovería ante todas las pruebas de un esfuerzo vigoroso. Por supuesto, considerada en sí misma, esta torpeza tampoco es muy atractiva y en general evitamos caer en ella; pero finalmente se sustenta en la misma fuente de la moral revolucionaria, la cual en más de una ocasión durante los últimos años ha sido capaz de mover montañas.

 

En este caso, no es la sustancia, que en general es creadora, progresista y bien intencionada, lo que debe transformarse sino más bien las formas distorsionadas.

 

Y todavía tenemos –y he aquí la gran piedra del escándalo– la torpeza de la vieja aristocracia que arrastra consigo las formas características del feudalismo. Este tipo de torpeza es viciosa y vil en todos sus aspectos. Entre nosotros aún no se ha erradicado por completo, y lograrlo no es nada fácil. En los distritos de Moscú, especialmente en los más importantes, esta brutalidad aristocrática no se manifiesta de un modo agresivo, gritando, por ejemplo, o sacudiéndole un puñetazo en la nariz a algún peticionante; es mucho más corriente que lo haga a través de una despiadada formalidad. Por supuesto, esta última no es la única causa de la “burocracia”, un motivo de gran peso es la total indiferencia por la vida del ser humano y su empeñoso esfuerzo por la subsistencia. Si pudiéramos realizar una apreciación sensible de los modos, réplicas, explicaciones, ordenanzas y decretos de todas las células del organismo burocrático, aún cuando se trate tan sólo de un día ordinario de Moscú, el resultado sería una total confusión. En cuanto a la provincia, es todavía peor, especialmente a lo largo de la frontera donde linda la ciudad con el campo, la frontera que es la parte más vital de todas.

 

El burocratismo es un fenómeno muy complejo, y de ningún modo homogéneo; se trata, por el contrario, de un conglomerado de fenómenos y procesos de distintos orígenes históricos. Los principios que sustentan y nutren el burocratismo son también sumamente diversos. El más importante es el nivel de nuestra cultura; el atraso y el analfabetismo de una vasta proporción del pueblo. La confusión general resultante de una maquinaria estatal en constante proceso de reconstrucción, inevitable en un período de revolución, es en sí misma la causa de la mayor parte de las fricciones superfluas que desempeñan un papel importante en la conformación de la “burocracia”. La causa de lo más repulsivo de sus formas es la heterogeneidad de clases de la máquina soviética; la confusa mezcla de tradiciones aristocráticas, burguesas y soviéticas.

 

Por lo tanto la lucha contra el burocratismo no puede dejar de tener un carácter diversificado. En su base se halla la lucha contra el bajo nivel de cultura e higiene, contra el analfabetismo y la miseria. El mejoramiento técnico de la maquinaria, la reducción del número de funcionarios, la introducción de una mayor organización, minuciosidad y exactitud en el trabajo y otras medidas de naturaleza semejante, no agotan por supuesto el problema histórico, pero ayudan a debilitar los aspectos más negativos de la “burocracia”. Se le ha dado gran importancia a la formación de un nuevo tipo de burócrata soviético: los nuevos especialistas. Pero tampoco en esto debemos engañarnos.

 

Son enormes las dificultades que se presentan para que, en un período de transición y por intermedio de preceptores heredados del pasado, decenas de miles de trabajadores sean formados conforme a los nuevos cánones; espíritu de colaboración, sencillez y humanidad. Son enormes, pero no insuperables.

 

No puede lograrse inmediatamente, sino de modo gradual, por la aparición de una “edición” más y más mejorada de la juventud soviética.

 

Todas estas medidas, que se contemplan a mayor o menor plazo, no excluyen sin embargo, en ningún caso, una lucha inmediata, cotidiana, implacable contra esa insolencia burocrática, contra ese desdén administrativo hacia el individuo y su problema, contra ese nihilismo de oficinista que puede ocultar una indiferencia hacia todo, o bien una cobardía importante para reconocer su incapacidad, o un deseo de sabotaje consciente o, incluso, el odio orgánico de una clase degradada hacia aquellos que la han degradado. Aquí se encuentra uno de los puntos fundamentales de la palanca revolucionaria.

 

Es preciso que el hombre simple, el humilde trabajador, deje de temer a las instituciones administrativas a las que acude en petición de ayuda. Es preciso que se le acoja mostrándole mayor atención cuanto más indefenso sea, es decir, más oscuro, más ignorante. Y en el fondo debe llevarse a cabo un intento real por ayudarle, no por desembarazarse cuanto antes de él. Para ello, y aparte de las otras medidas, la opinión pública debe estar constantemente informada del problema, tomar parte en el asunto con la mayor intensidad posible y, en particular, es preciso que este problema interese a todos los elementos realmente soviéticos, revolucionarios, comunistas y a todos aquellos que, simplemente, sean conscientes del aparato del Estado en sí; afortunadamente, estos elementos son muy numerosos: sobre ellos reposa el aparato del Estado, y gracias a ellos progresa.

 

La prensa puede cumplir un papel decisivo al respecto.

 

Desafortunadamente, nuestros periódicos, en general, proporcionan muy poco material informativo con respecto a la vida cotidiana. Si a veces se brinda tal información, lo más frecuente es que se haga a través de artículos estereotipados, tales como:

 

“Existe una fábrica tal y tal. En la fábrica hay un comité y un director. El comité de la fábrica hace tal y tal cosa, el director dirige”. Mientras en ese mismo momento nuestra vida real está llena de color y es rica en episodios instructivos, particularmente a lo largo de la línea donde la maquinaria estatal entra en contacto con la masa del pueblo. No tenéis más que arremangaros...

 

Por supuesto, una tarea de iluminación e instrucción de este tipo debe cuidarse mucho de la intriga, debe despojarse de la hipocresía y de toda forma de demagogia. Pero dicha tarea, correctamente desarrollada, es necesaria y vital, y me parece que los responsables de los periódicos deben encarar el modo de realizarla. Para ello nos son necesarios periodistas que sumen el ingenio del reportero norteamericano a la honestidad soviética. Ese elemento existe, y el camarada Sovnovski nos ayudará a movilizarlo. Y en su mandato (sin temer por ello parecerse a Kuzma Prutkov) es preciso inscribir: ¡id hasta el fondo de las cosas!

 

Un “programa calendario” ejemplar tendrá por fin detectar, en el curso de los próximos seis meses, a un centenar de servidores civiles que hayan demostrado un profundo menosprecio de sus deberes para con las masas trabajadoras, y públicamente, quizá a través de un juicio, arrojarlos de la máquina del Estado, de modo que nunca puedan volver a instalarse en ella.

 

Será un buen comienzo. No debe esperarse que como resultado de ello ocurran milagros. Pero un pequeño cambio de lo viejo a lo nuevo constituye un útil paso adelante: de mucho más valor que el más grande de los discursos.

 

 

IX. La lucha por un lenguaje culto    

 

He leído últimamente en uno de nuestros periódicos que en una asamblea general de trabajadores en la fábrica de calzado La Comuna de París, se aprobó una resolución que ordena abstenerse de blasfemar, e impone multas a quien haga uso de expresiones injuriosas.

 

Éste es un pequeño incidente en medio de la gran confusión de la hora actual. Pero un pequeño incidente de gran peso. Su importancia, con todo, depende de la respuesta que encuentre en la clase trabajadora la iniciativa de la fábrica de calzado.

 

El lenguaje insultante y las blasfemias constituyen un legado de la esclavitud, de la humillación y falta de respeto por la dignidad humana, tanto la propia como la de los demás. Esto es exactamente lo que ocurre en Rusia respecto de las blasfemias.

 

Me gustaría que nuestros filólogos, lingüistas y especialistas en folklore me dijeran si conocen en cualquier otro idioma términos tan disolutos, vulgares y bajos como los que tenemos en ruso. Hasta donde yo sé, nada o casi nada parecido existe fuera de nuestro país. El lenguaje blasfemo en nuestras clases socialmente inferiores era el resultado de la desesperación, la amargura y, sobre todo de la esclavitud sin esperanza ni evasión. El lenguaje blasfemo de nuestras clases altas, el lenguaje que salía de las gargantas de la aristocracia y de los funcionarios, era el resultado del régimen clasista, del orgullo de los propietarios de esclavos y del poder inconmovible. Se supone que los proverbios contienen la sabiduría de las masas; los proverbios rusos, además, revelan su ignorancia y su tendencia a la superstición, así como su condición de esclavitud. “Un insulto se olvida rápidamente”, dice un proverbio ruso, demostrando que no sólo se acepta la esclavitud como un hecho, sino que se está obligado a sufrir la humillación que ella implica. Dos corrientes de procacidad rusa –el lenguaje blasfemo de los amos, los funcionarios y los policías, grueso y rotundo; y el lenguaje blasfemo, hambriento, desesperado y atormentado de las masas– han teñido toda la vida rusa con matices despreciables. Tal fue el legado que, entre otros, recibió la revolución del pasado.

 

La revolución, sin embargo, es primordialmente el despertar de la personalidad humana en el seno de las masas, en esas masas que supuestamente no poseían ninguna personalidad.

 

Pese a la crueldad ocasional y a la sanguinaria inexorabilidad de sus métodos, la revolución se caracteriza, inicialmente y, sobre todo, por un creciente respeto a la dignidad del individuo y por un interés cada vez mayor por los débiles.

 

Una revolución no es digna de llamarse tal si con todo el poder y todos los medios de que dispone no es capaz de ayudar a la mujer –doble o triplemente esclavizada como lo fue en el pasado– a salir a flote y avanzar por el camino del progreso social e individual. Una revolución no es digna de llamarse tal si no prodiga el mayor cuidado posible a los niños, la futura generación para cuyo beneficio precisamente se llevó a cabo la revolución. Pero, ¿cómo puede crearse una nueva vida basada en la consideración mutua, en el respeto a sí mismo, en la verdadera igualdad de las mujeres (quienes deben ser estimadas en el mismo grado que los hombres trabajadores), en el cuidado eficiente de los niños, en medio de una atmósfera envenenada por el rugiente, fragoroso y resonante lenguaje blasfemo de los amos y los esclavos, ese lenguaje que no perdona a nadie y que no se detiene ante nada? La lucha contra el “lenguaje procaz” es un requisito esencial de la higiene mental, de la misma manera que la lucha contra la suciedad y las alimañas es un requisito de la higiene física.

 

Terminar radicalmente con el lenguaje injurioso no es cosa fácil si se tiene en cuenta que el desenfreno en el lenguaje tiene raíces psicológicas y es una consecuencia del escaso grado de cultura de los suburbios. Por cierto, damos la bienvenida a la iniciativa de la fábrica de calzado y sobre todo deseamos mucha perseverancia a los promotores de los nuevos movimientos. Los hábitos psicológicos, que se trasmiten de generación en generación y saturan todo el clima de la vida, son sumamente tenaces.

 

Por otra parte, ¿con cuánta frecuencia nos lanzamos en Rusia  impetuosamente hacia adelante, agotamos nuestras fuerzas y después dejamos que las cosas sigan a la deriva como antaño?

 

Confiemos en que las mujeres trabajadoras –y, en primer lugar, las que pertenecen a las filas comunistas– apoyen la iniciativa de la fábrica La Comuna de París. Por regla general –la que por supuesto admite sus excepciones– los hombres que comúnmente emplean un lenguaje desenfrenado, desprecian a las mujeres y les prestan poca atención.

 

Esto no se aplica tan sólo a las masas incultas, sino también a los elementos avanzados y aun a los llamados “responsables” del actual orden social.

 

No puede negarse que las viejas formas prerrevolucionarias de lenguaje procaz siguen todavía en uso, seis años después de octubre, y que incluso están de moda en las “altas esferas”.

 

Cuando se encuentran fuera de la ciudad, especialmente fuera de Moscú, nuestros mandatarios consideran en cierto sentido como un deber el uso de expresiones fuertes. Evidentemente, ven en ello un método de entrar en contacto más profundamente con el campesinado.

 

Tanto en el aspecto económico como en todos los demás aspectos, nuestra vida en Rusia ofrece los contrastes más notables. En el centro del país, cerca de Moscú, hay miles de pantanos y caminos intransitables, y próxima a los mismos surge de pronto una fábrica que por su equipo técnico podría muy bien sorprender a cualquier ingeniero europeo o norteamericano. Contrastes similares abundan en nuestra vida nacional. Junto a algunos elementos rapaces del viejo estilo, tipo Kit Kitich[1], que han pasado el período de revolución, han conocido la expropiación la especulación clandestina, la especulación legal, y que han conservado prácticamente intactas todas las características de su clase, podemos observar el mejor estilo de obrero comunista, proveniente de la clase trabajadora, que día a día consagra su vida a servir a los intereses del proletariado internacional, y está listos si se presenta la oportunidad para luchar por la causa revolucionaria en cualquier país, incluidos aquellos que no sabría ubicar en el mapa. Además de tales contrastes sociales –una torpe bestialidad y el más alto idealismo revolucionario– a menudo presenciamos contrastes psicológicos de la misma tendencia.

 

Por ejemplo, un comunista auténtico, consagrado a su tarea, pero para quien las mujeres son tan sólo babas[2] (¡qué palabra grosera!) que en ningún modo son tomadas en serio. O a veces ocurre que el muy respetado comunista cuando discute cuestiones nacionales comienza a exponer inusitadamente ideas reaccionarias desbordándose en injurias dignas de un Ugrium- Burtchéev[3]. Con respecto a esto debemos recordar que los distintos aspectos de la conciencia humana no se trasforman y desarrollan simultáneamente por rumbos paralelos. Existe una cierta economía en el proceso. La psicología humana es por naturaleza muy conservadora, y el cambio debido a las demandas e impulsos de la vida, afecta en primer lugar a los aspectos de la mente que le conciernen en forma directa. En Rusia, el desarrollo social y político de las últimas décadas tuvo lugar de un modo un tanto inusual, con sorprendentes saltos y sobresaltos, y esto tiene que ver con nuestra desorganización y confusión presentes, que no concierne sólo a lo político y económico. El mismo proceso irregular en el desarrollo mental de mucha gente dio por resultado una muy curiosa mezcla de avanzados puntos de vista políticos cuidadosamente elaborados (en este terreno tenemos algo que aprender de Europa y América) junto con tendencias, hábitos y, en algunos casos, ideas que son un directo legado del Domostroi [4].

 

Para obviar tales efectos, debemos poner en orden la faz intelectual, debemos examinar a través de métodos marxistas todo el complejo mental del hombre, y en esto ha de consistir el esquema general de educación y autoeducación del partido, comenzando por sus dirigentes. Pero aquí también el problema es bastante complicado y no puede ser resuelto tan sólo por la instrucción escolar y los libros; las raíces de la desorganización y confusión están en las condiciones en que se vive. La psicología en última instancia está determinada por la vida. Pero dicha dependencia no es puramente automática y mecánica; se trata más bien de una activa y recíproca determinación. Por lo tanto el problema debe ser encarado de diferentes modos; el de los trabajadores de la fábrica La comuna de París es uno de tantos. Les deseamos a todos ellos el mayor de los éxitos.

 

P.S. La lucha contra la vulgaridad del lenguaje es también parte de la lucha por la pureza, claridad y belleza de la lengua rusa.

 

Los necios reaccionarios sostienen que la revolución, sin haber llegado a destruirla del todo, está en camino de estropear la lengua rusa. De hecho, existe actualmente una enorme cantidad de términos en uso que han surgido por casualidad, muchos de ellos expresiones groseras y del todo innecesarias, otros contrarios al espíritu de nuestra lengua. Y sin embargo, estos tontos reaccionarios están tan equivocados acerca del futuro de la lengua rusa como acerca de todo el resto. En efecto, a pesar y más allá del desorden revolucionario, nuestro lenguaje se irá rejuveneciendo y fortaleciendo con una mayor flexibilidad y delicadeza.

 

El lenguaje obviamente osificado, burocrático y liberal de nuestra prensa prerrevolucionaria se halla ya considerablemente enriquecido por nuevas formas descriptivas, por nuevas expresiones mucho más precisas y dinámicas. Pero a través de estos tumultuosos años nuestro idioma, por cierto, se ha ido obstruyendo cada vez más, y parte de nuestro progreso cultural se ha manifestado, entre otras cosas, en el hecho de haber desechado todos los términos y expresiones innecesarios, así como aquellos que no concuerdan con el espíritu de nuestra lengua, mientras por otra parte se han reservado las valiosas e incuestionables adquisiciones lingüísticas del período revolucionario.

 

El lenguaje es el instrumento del pensamiento. La corrección y precisión del lenguaje es condición indispensable de un pensamiento recto y preciso. El poder político ha pasado, por primera vez en nuestra historia, a manos de los trabajadores. La clase trabajadora dispone de un gran cúmulo de trabajo y experiencia vital, y de un idioma basado en dicha experiencia. Pero nuestro proletariado no ha recibido la suficiente instrucción preparatoria acerca de los rudimentos de lectura y escritura, para no hablar de su formación literaria. Y he aquí el motivo por el cual la ahora gobernante clase trabajadora, que en sí misma y por su naturaleza social es una poderosa guardiana de la integridad y grandeza de la lengua rusa del futuro, hoy no se levanta, sin embargo, con toda la energía necesaria para luchar contra la intrusión de expresiones y términos viciosos, inútiles y a menudo desagradables. Cuando la gente dice, “un par de semanas”, “un par de meses” (en lugar de “varias semanas, varios meses”), resulta estúpido y feo. En lugar de enriquecer el lenguaje ello lo empobrece: la palabra “par” pierde en el proceso su significado real (el que tiene en la expresión “un par de botas”). Las expresiones y los términos erróneos han entrado en uso a raíz de la intrusión de palabras extranjeras mal pronunciadas.

 

Los oradores proletarios, aún aquellos que debieran saber hablar mejor, dicen, por ejemplo “incindente” en lugar de “incidente”, o dicen “instito” en lugar de “instinto”, o “legularmente” en lugar de “regularmente”. Tales pronunciaciones erróneas tampoco eran poco frecuentes en el pasado antes de la revolución. Pero ahora parecen adquirir cierto derecho de ciudadanía. Nadie corrige esas expresiones defectuosas debido a una especie de falso orgullo. Eso es un error. La lucha por una mayor educación y cultura proveerá a los elementos avanzados de la clase trabajadora todos los recursos de la lengua rusa en su mayor grado de riqueza, sutileza y refinamiento.

 

Para preservar la grandeza del lenguaje, todos los términos y expresiones defectuosos deben ser desechados del habla cotidiana.

 

El lenguaje también tiene necesidad de una higiene. Y no en menor grado, sino mucho más que las otras, la clase trabajadora necesita un lenguaje sano, ya que por primera vez en la historia comienza a pensar independientemente acerca de la naturaleza, acerca de la vida y sus fundamentos; y el instrumento indispensable de todo pensamiento correcto es la claridad y agudeza del lenguaje.

 

XI. Cómo empezar      

 

 Los problemas de la vida de la clase trabajadora, en especial los problemas de la vida familiar, han empezado a interesar, digamos más bien a preocupar, a los corresponsales de los diarios de la clase trabajadora. En gran medida este interés ha surgido inadvertidamente.

 

El aventajado corresponsal de los diarios de la clase trabajadora halló grandes dificultades en sus tentativas de describir la vida. ¿Cómo abordar el problema? ¿Cómo empezar? ¿Hacia dónde dirigir la atención? La dificultad no es de estilo literario –ése es un problema aparte– sino que surge del hecho de que el partido no ha considerado todavía específicamente los problemas relacionados con la vida cotidiana de las masas trabajadoras.

 

Nunca hemos abordado concretamente estas cuestiones como, en muchas oportunidades, hemos discutido en cambio cuestiones de salarios, índices, duración de la jornada de trabajo, la persecución policial, la construcción del Estado, la propiedad de la tierra, etc. Aún no hemos hecho nada semejante con respecto a la familia y a la vida privada del trabajador. Al mismo tiempo, este aspecto no carece de importancia y merece nuestra atención así sólo sea por el hecho de ocupar dos tercios de la vida, dieciséis de las veinticuatro horas del día. Ya advertimos en este terreno el peligro de una grosera, casi brutal tentativa de interferencia en la vida privada del individuo. En algunas ocasiones, por fortuna no muchas, los corresponsales de los trabajadores tratan las cuestiones de la vida familiar como las de la producción fabril; así, por ejemplo, cuando escriben sobre la vida de esta o aquella familia, cada miembro de la misma es llamado por su nombre. Este hábito es erróneo, peligroso e inexcusable. Un director desempeña una función pública. Lo mismo ocurre con un miembro del comité de trabajadores. Los que tienen este tipo de oficio están continuamente expuestos a la vista del público, y son objeto de libre crítica. Con respecto a la vida familiar, la situación es muy diferente.

 

Por supuesto, la familia también llena una función pública. Conserva la población y en parte educa a la nueva generación.

 

Visto desde este ángulo, el Estado de los trabajadores tiene todo el derecho de tomar las riendas del control y la regulación de la vida familiar en cuestiones relacionadas con la higiene y la educación. Pero el Estado debe llevar a cabo con gran precaución sus incursiones en la vida familiar; debe hacerlo con gran tacto y moderación; su intervención debe tener como único fin acordar a la familia condiciones de vida más normales y dignas; debe garantizar las necesidades sanitarias y otros intereses de los trabajadores, creando de este modo las bases para generaciones futuras más sanas y felices.

 

Al igual que para la prensa, su incursión casual y arbitraria en la vida familiar, cuando la misma familia no manifiesta ningún interés, resulta absolutamente intolerable.

 

La inoportuna y grosera incursión por parte de la prensa en la vida privada de las personas conectadas por lazos familiares, que no tiene una adecuada explicación, sólo puede aumentar el grado de desconcierto general y provocar grandes daños. Por otra parte, como una información de ese tipo está prácticamente fuera de todo control, debido al carácter extremadamente privado de la vida familiar, el tratamiento periodístico de esos temas puede convertirse, en manos inescrupulosas, en un instrumento para ventilar asuntos privados, ridiculizar, extorsionar o realizar cualquier tipo de venganza personal.

 

En algunos de los artículos recientemente publicados sobre cuestiones de la vida familiar, se me ha cruzado la idea, a menudo reiterada, de que no sólo las actividades públicas sino también la vida privada de sus miembros es importante para el partido.

 

Éste es un hecho indiscutible. Más que nada si se tiene en cuenta que las condiciones de la vida privada se reflejan en las actividades públicas del hombre. El problema consiste en saber cómo influir en la vida del individuo. Si las condiciones materiales, el grado de cultura, la situación internacional obstaculizan e impiden la introducción de una trasformación radical de la vida, entonces la revelación pública de las familias en cuestión, los padres, maridos y esposas, etc., no tendrá ningún efecto práctico, y amenazará con sumergir al partido en la hipocresía, enfermedad peligrosa y que tiende a propagarse. Como el tifus, la hipocresía manifiesta diferentes modalidades. Algunas veces la hipocresía brota de las causas más nobles y de una sincera aunque equivocada atención a los fines del partido; fines, sin embargo, que muy frecuentemente son utilizados como pantalla de otros de mayor peso: intereses de grupo, de departamento o personales. Despertar mediante exhortaciones el interés público por los problemas de la vida familiar envenenará sin duda el movimiento con el nocivo veneno de la hipocresía.

 

Una cuidadosa investigación de nuestra parte en el dominio de las costumbres de la vida familiar ha de tener por finalidad ampliar los conocimientos del partido en este terreno.

 

Psicológicamente debe mejorar al individuo, y favorecer una nueva orientación de las instituciones estatales, gremios y unidades cooperativas. Bajo ninguna condición ha de incitar a la hipocresía.

 

¿Cómo bajo tales circunstancias poner a la luz las cuestiones de la vida familiar? ¿Cómo empezar?

 

Hay dos caminos fundamentales. El primero, por medio de artículos y anécdotas populares. Todo trabajador juicioso y maduro conserva en su memoria una suma de impresiones de la vida familiar. Éstas son refrescadas por las observaciones realizadas a diario. Con este material como base podemos redactar y publicar artículos concernientes a la vida familiar como un todo, así como a sus trasformaciones, o a algunos aspectos particulares de la misma, y presentar los ejemplos más contundentes sin mencionar por su nombre ni una sola familia o persona. Cuando sea preciso mencionar nombres de familias o lugares, ellos habrán de ser ficticios, de manera que ningún particular pueda ser asociado a los mismos. Conforme a este modelo, han aparecido recientemente en Pravda y en publicaciones provinciales muchos artículos de gran valor e interés. El segundo método consiste en tomar a una familia real, ahora por su nombre, conforme a la figura que representa en la opinión pública.

 

Las catástrofes que ocurren en una familia son las causas que llevan a ésta a la esfera de la opinión y juicio público, tales son por ejemplo, los asesinatos, suicidios, casos legales como resultado de los celos, la crueldad, el despotismo de los padres, etc.

 

Así como los estratos de una montaña son mejor percibidos en un desprendimiento, las catástrofes familiares ponen también en gran relieve las características comunes a miles de familias que han logrado escapar a ellas. Ya hemos mencionado al pasar que nuestra prensa no tiene derecho alguno de ignorar los acontecimientos que agitan precisamente a nuestra colmena humana. Cuando una esposa abandonada apela a la corte para compeler a su marido a contribuir al mantenimiento de los hijos; cuando una mujer busca protección pública a raíz de la crueldad y violencia de su marido; cuando el mal trato de los padres hacia los hijos pasa a ser asunto de consideración pública, o, viceversa, cuando los afligidos padres se quejan de la crueldad de sus hijos, la prensa no sólo tiene el derecho sino también el deber de ocuparse del asunto y arrojar luz sobre tales situaciones, en tanto la corte u otras instituciones públicas no les consagran la suficiente atención. Los hechos que han salido a la luz como resultado de un procedimiento judicial no han sido aprovechados lo suficiente para abordar los problemas de la vida. Sin embargo, ellos merecen un lugar especial.

 

En un período de trastorno y reconstrucción de las relaciones personales de la vida cotidiana, el tribunal soviético debe convertirse en un importante factor en la organización de las nuevas formas de vida, así como en la evolución de los nuevos conceptos de lo justo y lo injusto, de la verdad y el error. La prensa debe continuar la acción de la corte, esclarecer y completar su trabajo, y, en cierto sentido conducirla.

 

Ésta proporciona un gran campo para las actividades educativas. Nuestros mejores periodistas deben preparar y divulgar una especie de folleto con material informativo sobre los procedimientos judiciales.

 

Por supuesto los métodos usuales patentados por los periodistas quedan descartados en este caso. Necesitamos imaginación y necesitamos conciencia. Un enfoque comunista, por ejemplo, un enfoque público, amplio y revolucionario de los problemas de la familia, en ningún sentido excluye la psicología y la consideración del individuo y su mundo interior.

 

Citaré aquí un pequeño ejemplo de las provincias que recientemente acaba de llegar a mi conocimiento. En Piatigorsk, una muchacha de diecisiete años se pegó un tiro porque su madre le negó su consentimiento para casarse con un comandante del Ejército Rojo.

 

Al comentar el suceso, el periódico local, Terek, termina inesperadamente su nota reprochando al comandante del Ejército Rojo que estuviese dispuesto a unirse a la hija de una familia tan reaccionaria. Decidí escribir una carta al editor, expresándole mi indignación, y no en defensa del comandante, a quien yo no conocía, sino para exigirle una correcta exposición del caso. Sin embargo no tuve necesidad de enviar la carta, ya que dos o tres días más tarde apareció en el mismo periódico otro artículo sobre el tema que trataba el caso con mayor precisión. Las nuevas relaciones de la vida cotidiana deben ser construidas con el material humano que tenemos a nuestra disposición; el comandante del Ejército Rojo no está excluido de ese material; los padres, como es natural, tienen derecho a interesarse por el destino de sus hijos e influir sobre el mismo con su experiencia y consejo, pero los jóvenes no tienen ninguna obligación de someterse a la voluntad paterna, particularmente en la elección de sus amigos o de su cónyuge; el despotismo de los padres no debe ser combatido mediante el suicidio, sino por la reunión de los jóvenes para una acción vigorosa, por la tolerancia mutua, etc.

 

Todo esto es muy elemental pero absolutamente cierto. No cabe duda de que un artículo de este tipo acerca del acerbo suceso que sacudió a la pequeña ciudad, contribuyó a estimular en más alto grado el pensamiento y la sensibilidad del lector, especialmente del joven lector, que las irritadas expresiones acerca de los elementos pequeñoburgueses, etcétera.

 

Los camaradas que sostienen que “arrojar luz” sobre las cuestiones de la vida familiar carece de importancia como “todos” sabemos, y creen que desde mucho tiempo atrás tienen el problema resuelto, se engañan en forma espantosa. Simplemente olvidan que en el aspecto político tenemos una buena proporción de terreno cultivado. Si la vieja generación, que es cada vez más reducida, aprendió el comunismo en los acontecimientos que caracterizaron la lucha de clases, la de hoy en cambio está destinada a aprenderlo y desarrollarlo en los factores de construcción de la vida cotidiana. En principio, las fórmulas de nuestro programa son correctas. Nos toca a nosotros ponerlas continuamente a prueba, renovarlas, llevarlas al plano de la experiencia práctica, y extenderlas a una esfera más amplia.

 

El establecimiento de las nuevas bases para la renovación de las costumbres llevará mucho tiempo y requerirá mayor concreción y especialización. Así como tenemos nuestros agitadores de las masas, nuestros agitadores de las industrias, nuestros propagandistas antirreligiosos, debemos formar a nuestros propagandistas y agitadores en cuestiones de costumbres. Como las mujeres son las más desposeídas debido a sus presentes limitaciones, y la costumbre gravita con más peso sobre sus hombros, podemos presumir que en este aspecto los mejores agitadores saldrán de sus filas. Necesitamos gente entusiasta, fanáticos, individuos de horizontes suficientemente amplios, que sabrán cómo habérselas con la tenacidad de la costumbre, que traerán consigo consideraciones originales de cada particularidad, de cada detalle y pequeñez concernientes a las trabas que impone la costumbre familiar y que suelen resultar imperceptibles a simple vista. Por cierto esa gente ha de llegar, ya que las necesidades y problemas del presente son de naturaleza incendiaria. Esto no significa que inmediatamente logremos mover montañas. No; no nos es posible escapar a las condiciones materiales. Sin embargo, todo ello puede alcanzarse dentro de las actuales condiciones, se logrará cuando rompamos la cárcel de silencio en que se hallan prisioneras nuestras costumbres actuales.

 

Es preciso acelerar la formación de los agitadores que actuarán en contra de la costumbre y facilitarles al mismo tiempo su tarea. Es urgente la fundación de una biblioteca donde se reunirá todo lo que se encuentre a mano vinculado con la vida cotidiana –los trabajos clásicos sobre la evolución de la familia y escritos populares sobre la historia de los usos y costumbres–  y llevar a cabo una investigación en los diferentes aspectos de la vida diaria. También tendremos que traducir todo elemento valioso que sobre el tema haya aparecido en idiomas extranjeros durante los últimos años. Más tarde, podremos dedicar y desarrollar secciones al respecto en nuestros periódicos. ¿Quién sabe? Acaso en uno o dos años nos sea posible organizar un curso de lecturas sobre estas cuestiones.

 

Pero todo esto concierne sólo a la educación, propaganda, prensa y literatura. ¿Cuáles serían, pues, nuestras obligaciones en el terreno práctico? Algunos camaradas exigen la inmediata creación de una liga para la inauguración de las nuevas formas de vida. La idea me parece prematura. El suelo no está lo suficientemente preparado, las condiciones generales aún no son del todo propicias. Hablando en términos generales, la creación de tal instrumento organizativo se hará indispensable de un momento a otro. No podemos darnos el lujo de esperar que todo nos venga de arriba como producto de una iniciativa del gobierno. La nueva estructura institucional debe imponerse simultáneamente en todos los ámbitos. El Estado proletario es la estructura material, no la estructura misma. La importancia de tener un gobierno revolucionario en un período de transición es inconmensurable; hasta los sectores más avanzados del anarquismo revolucionario han empezado a comprenderlo, gracias a nuestra experiencia. Pero esto no significa que toda la tarea de reconstrucción deba estar a cargo del Estado. El fetichismo estatal, aun cuando se trate de un Estado proletario, no nos trasforma en marxistas.

 

Incluso en lo concerniente a los armamentos, dominio que compete más específicamente al Estado, debimos recurrir (y con gran éxito) a la iniciativa voluntaria de los trabajadores y campesinos. La tarea preliminar en el desarrollo de la aviación fue también realizada sobre esas bases. No cabe duda de que la Sociedad de Amigos de la Flota Aérea tiene un gran futuro por delante. Los grupos y asociaciones voluntarios de carácter local o federal, en el dominio de la industria, la economía nacional y particularmente en lo referido a las costumbres, están destinados a desempeñar un papel de suma importancia.

 

Ya hoy se perfila una notoria tendencia hacia una libre cooperación de parte de los jefes rojos, periodistas, escritores, proletarios y campesinos, etc. Recientemente se ha creado una liga que tiene por fin un estudio exhaustivo de la Unión Soviética y el ulterior motivo de influir sobre lo que se ha dado en llamar el carácter nacional. Se ha pensado, por ejemplo, que tarde o temprano –más bien temprano que tarde– el Instituto de Cinematografía Estatal será apoyado por una “Sociedad de amigos del cine rojo” fundada últimamente y destinada a trasformarse en una poderosa institución revolucionaria.

 

Asociaciones voluntarias de ese tipo sólo pueden ser bien recibidas. Marcan el despertar de las actividades públicas de diferentes sectores de la comunidad. Por supuesto, la estructura socialista es, sobre todo, una estructura acorde con un plan.