El presidente dedicó su victoria “al Alba, a Chávez y a Fidel”
El porcentaje de votos obtenidos le permite al Fsln contar con la mayoría parlamentaria, hecho inédito en la historia de Nicaragua
Histórico: un aplastante resultado electoral produjo la cuestionada estrategia política de Daniel Ortega de apoyar su gobierno iniciado en 2006 en la reconciliación entre los nicaragüenses, incluidos los sectores más reaccionarios. El 62,46% con el que el Presidente fue reelecto muestra contundencia y desdibuja la aún más cuestionada alianza opositora entre la derecha y la disidencia de izquierda. La mayoría lograda en la Asamblea Nacional, el caudal electoral y la capacidad movilizadora de la juventud, dejan al Frente Sandinista de Liberación Nacional en una inmejorable situación para profundizar los cambios.
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“Con la mayoría de legisladores en la Asamblea Nacional no vamos a hacer los que nos dé la gana. Vamos a hacer lo que les dé la gana a los nicaragüenses”. El presiente Daniel Ortega encabezó un acto de la juventud sandinista, algunas horas después de haber ganado las elecciones con una amplitud histórica, no sólo por alcanzar casi el 63% de los votos, sino porque el Frente Sandinista de Liberación Nacional (Fsln) obtuvo 59 de los 91 escaños en el Parlamento, más del doble que los 25 legisladores del principal partido de oposición. Frente a la sangre nueva del sandinismo, Ortega adelantó que profundizará los pilares de su gobierno: estabilidad, paz y reconciliación.
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El 62,46% de los votos que logró Ortega representan el apoyo de un millón 569 mil nicaragüenses. El Partido Liberal Independiente (PLI), que postulaba al empresario derechista Fabio Gadea, consiguió 31%, algo más de 770 mil votos. Muy atrás quedaron el ex presidente Arnoldo Aleman, del Partido Liberal Constitucionalista, con 5,91%; la Alianza Liberal Nicaragüense, 0,4% y la Alianza por la República, 0,23%.
Esa misma oposición que resultó segunda en las elecciones del 6 de noviembre tras ser totalmente superada por el oficialismo, intentó generar un clima adverso, antes y después del proceso electoral. Los cuatro muertos y varias decenas de heridos que dejaron las agresiones se anotan en el haber de la frágil alianza opositora. El objetivo de la coalición integrada mayoritariamente por el PLI y Movimiento Renovador Sandinista fue “defender la institucionalidad”, como lo afirmó el ex comandante Henry Ruiz, uno de los nueve miembros de la conducción sandinista en los 1970 y 1980, ahora opositor a Ortega.
Otro ex comandante, el polémico Edén Pastora, que en la década de 1980 se sumó a la contrarrevolución apoyada por Washington, pero que hoy es funcionario del Gobierno, resumió el triunfo: “Ganó Ortega y ganó el cardenal Miguel Obando y Bravo, ganó el cristianismo, pero perdió la oposición y el Movimiento de Renovación Sandinista”, dijo. Obando y Bravo es el obispo de Managua, vinculado a la Contra en los años 1980. El Presidente utiliza las figuras del cardenal y de Pastora como símbolos de lo que él está dispuesto a ceder para lograr la paz entre los nicaragüenses.
Ortega encabezó el gobierno de la Revolución Sandinista en 1979. Luego fue electo presidente de 1985 a 1990. Tras 17 años de gobiernos de derecha, retornó al poder en 2007, tras ganar con el 38% de los votos. Su postulación para 2011 se logró después de que un fallo judicial declarara “inaplicable” para su persona la prohibición establecida en la Constitución para ocupar la Presidencia más de dos veces y en dos períodos continuos.
Se estima que el grueso del electorado independiente se volcó, esta vez, hacia el sandinismo. Esta apreciación encaja perfectamente en la teoría según la cual, en los años 1990, cuando gobernaba la derecha, el Fsln no lograba despertar simpatías en esa porción independiente. El propio Ortega habló en ese mismo sentido, después de la elección. “Esta vez –dijo– el pueblo votó convencido de que, habiendo retornado el Fsln al poder (en 2007), no regresó la guerra, ni la muerte, ni el servicio militar, ni las confiscaciones, ni los controles de ningún tipo, ni se ha coartado la libertad de expresión y comunicación”. Agregó que “este ha sido un gobierno que trajo vida, paz, estabilidad y seguridad, bajo los principios del cristianismo, del socialismo y la solidaridad”.
Denuncias efímeras
Cuarenta y ocho horas antes de la elección, el presidente Ortega invitó “a todos los que quieran venir como observadores”. El mandatario aludió a las negociaciones con los equipos de veedores que enviaron la Unión Europea (UE) y la Organización de Estados Americanos (OEA), que fueron habilitados para “acompañar” el proceso electoral. La invitación incluyó a los organismos de observación nacional, que hasta ese momento no habían sido oficialmente reconocidos, acusados por el Gobierno de recibir financiamiento del exterior para desestabilizar al gobierno sandinista.
Antes de eso, la misión de la UE, había cuestionado la decisión del Consejo Supremo Electoral nicaragüense (CSE) de no acreditar organismos locales como veedores y la ausencia de cédulas de identidad para votar en el interior del país.
El titular de la misión de la OEA, el ex canciller argentino Dante Caputo, expresó que las irregularidades detectadas forman parte de de la tensión política con la que Nicaragua vive cada acto eleccionario, pero aclaró que no conforman aspectos graves del proceso. “Hay, como tantas veces hemos visto en Nicaragua, una obvia tensión política (…) hay que entender cada proceso en la pesada herencia que todos recibimos”, dijo, en alusión a guerras civiles y dictaduras sangrientas que sacudieron a los países de América Latina en las décadas de 1970 y 1980.
El secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, felicitó a Ortega por su triunfo y destacó que “a pesar de que algunos pronosticaban posibles tensiones y actos de violencia, la madurez del pueblo de Nicaragua y su vocación por la paz marcó el carácter pacífico en las elecciones generales”.
La contundencia de la elección hizo que ni las autoridades electorales ni los representantes latinoamericanos que acompañaron como observadores pudieran tomar con seriedad las denuncias de irregularidades. La excepción la marcó Estados Unidos, que tomó como propias las denuncias del derechista Gadea. El Departamento de Estado expresó su “preocupación por las informaciones acerca de irregularidades en el proceso e intimidación de votantes”.
Victoria Nuland, portavoz del Departamento de Estado, cuestionó la decisión del gobierno de Nicaragua de no autorizar los pedidos de Estados Unidos para que funcionarios de su embajada en Managua pudieran actuar como observadores en las elecciones. El canciller de Nicaragua, Samuel Santos, consideró la solicitud hecha por Washington una “intromisión en los asuntos internos”.
Avances sociales
Uno de los caballitos de batalla de los sectores sandinistas aliados a la oposición fue, durante los meses previos a la elección, la política económica aplicada por Ortega que –denuncian– favorece a los empresarios. El Presidente no reniega de esas relaciones y apuesta a mantener las buenas alianzas. Promete que su gestión se enfocará a aumentar la “producción con alma”, término con el que el Jefe de Estado contrapone la idea del capitalismo salvaje. Recuerda que, gracias a esa alianza, durante su mandato Nicaragua incrementó sus exportaciones y creció el índice mensual de actividad económica.
El secretario de Políticas Públicas para la Presidencia de Nicaragua, Paúl Oquist, destacó que su nación ocupa actualmente el segundo lugar en el hemisferio en la reducción del índice de desigualdad, que en 2010 alcanzó un 9,8%, según datos de Cepal (Comisión Económica para América Latina).
Agregó que la economía creció un 4,5% (el mayor crecimiento de Centroamérica); las exportaciones subieron 32% y las inversiones 17%. El nivel de inversión se acerca a casi mil millones, incluyendo una refinería y otras inversiones en energía. La pobreza, que en 2005 era de 48,3%, se ubicó en 2009 (último año con mediciones oficiales) en 42,5% de sus casi seis millones de habitantes.
Ortega dijo que “la victoria del pueblo nicaragüense es la victoria de la Revolución Bolivariana y de la Alianza Bolivariana Para los Pueblos de Nuestra América (Alba); de Hugo Chávez, de Fidel y de esas grandes revoluciones”. En el ámbito social es donde, efectivamente, se observa la presencia del modelo revolucionario del Alba. Según el Banco Central de Nicaragua la cooperación económica de Venezuela ronda los 500 millones de dólares anuales. El gobierno sandinista destina esos fondos a programas sociales para campesinos, trabajadores públicos, la salud, educación e infraestructura. Se destacan el programa de casas para el pueblo y obras barriales que incluyen calles e infraestructura.
Tras la elección del 6 de noviembre, Ortega exhibe el mayor caudal de votos de un mandatario desde el regreso de la democracia burguesa. Y muestra, además, lo que nunca antes logró ningún partido nicaragüense: mayoría total en el Parlamento. El sandinismo tiene, esta vez, los instrumentos sociales, políticos y populares necesarios para determinar la profundidad de la revolución.