La Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda cumple 40 años
Modelo: la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua, Fucvam, cumplió en mayo sus primeros 40 años de vida. Nacida en los difíciles días del proceso político que desembocaría en la dictadura cívico-miliar de 1973, y signada por luchas y conquistas, hoy su modelo es mirado con esperanza en la región. Elaborado especialmente para América XXI, este trabajo resume la ponencia en el Congreso Latinoamericano y Caribeño de Hábitat Popular e Inclusión Social realizado en Quito, del 7 al 9 de abril. El autor es asesor del Departamento Técnico de Fucvam y coordinador de Vivienda del Frente Amplio.
En 2009 por primera vez una mujer, Elinor Ostrom, recibió el Premio Nobel de Economía. Se le reconocieron sus trabajos sobre la gestión de los bienes comunes, en los que critica la visión que considera a los colectivos incapaces de hacer un uso eficiente de los recursos, desde las perspectivas económica y ecológica. Ostrom sostiene con ejemplos, por el contrario, que ellos pueden ser mejores administradores que el Estado y el mercado.
En América Latina, hace tiempo que los llamados autoconstructores están probando lo mismo –sin Premio Nobel– creando ciudad donde el Estado no puede y el mercado no quiere. Sin embargo, la mayoría de las políticas de vivienda insiste en el mercado como generador de recursos.
Desde 1968 en Uruguay la Ley de Vivienda hace posible que los propios interesados puedan autogestionar los recursos, organizados en cooperativas de ayuda mutua y propiedad colectiva (el “Modelo Fucvam”). El resultado interesaría a Ostrom: ellas construyen mejor y más barato que las empresas y el Estado. Pero ése no es su único ni su mayor mérito: también construyen ciudades, servicios, comunidad, organización social y ciudadanía.
El modelo y sus claves
El “Modelo Fucvam” de Producción Social del Hábitat nace en 1960 con tres experiencias piloto, potenciadas luego al incluirse el sistema en la Ley de Vivienda de 1968 y al organizarse Fucvam, en 1970. La organización está basada en la participación, la autogestión, el esfuerzo propio, el trabajo conjunto, la propiedad colectiva y la formación y capacitación para la gestión. Las cooperativas hoy, aun sin apoyo estatal durante largos períodos, son casi 500, reúnen 20 mil familias, y producen las mejores y más adecuadas soluciones en el sistema habitacional uruguayo.
Allí se unen los esfuerzos del Estado, que financia y supervisa los programas, y los interesados que, agrupados en cooperativas, aportan la mano de obra y la gestión; para lo cual se organizan y capacitan para actuar como empresa no lucrativa y contar con asesoramiento técnico multidisciplinario.
Si bien hay numerosos aspectos que influyen en el éxito o fracaso de este proceso, consideramos que sus claves son la organización cooperativa; la ayuda mutua; la autogestión; la formación y capacitación; la propiedad colectiva; el financiamiento público; la existencia y el rol de Fucvam, y el asesoramiento técnico
Sería necesario profundizar en cada uno de estos ítems para comprender cómo funciona esta compleja ingeniería social, pero existen cuatro que van a contracorriente de los paradigmas que se imponen a la sociedad actual, herejías, que muestran que otros valores son posibles.
La solidaridad
La primera de todas, en una sociedad en que se predica el individualismo y el hacé la tuya, es la solidaridad, dentro de cada cooperativa y entre cooperativas, porque “no hay salvación si no es con todos” en palabras del cantante español Patxi Andión.
La solidaridad se expresa en la ayuda mutua, el esfuerzo colectivo que hacen los cooperativistas trabajando todos en la casa de todos: el fuerte ayudando al más débil, el avispado al más lento, el hábil al que no lo es, el mejor preparado al que no lo está. Pero se expresa también entre cada cooperativa y las demás: en las actividades gremiales, en el préstamo de herramientas, en la transmisión de experiencias, en las jornadas solidarias, donde los que ya tienen casa ayudan a los que la están construyendo.
Es el salto entre la aventura individual de la autoconstrucción y la empresa colectiva y planificada, donde el trabajo se divide y especializa, se aprovechan mejor los conocimientos y los poderes, y se accede al asesoramiento técnico, que individualmente sería inalcanzable.
La ayuda mutua ahorra costos directos e indirectos: el pago de mano de obra, los aportes sociales. Para optimizar esta característica es necesario planificar la obra adecuadamente; capacitar a los cooperativistas para realizar tareas complejas; usar tipologías y sistemas constructivos simples, seguros y repetitivos; proyectar las obras pensando en la ayuda mutua, y jerarquizar el cumplimiento (el cuánto y el cuándo) de las horas comprometidas.
Pero la ayuda mutua también fortalece la gestión y refuerza el control de la calidad y uso de los recursos, porque la gente está permanentemente viendo y preocupándose por lo que se hace, al estar en obra. Pero es más que eso: es una poderosa herramienta de consolidación social del colectivo y de afirmación de la identidad y el sentido de pertenencia.
La otra forma de solidaridad es la que se genera al interior del movimiento cooperativo, en esa cooperativa de cooperativas que es Fucvam. La existencia y el papel que ella ha cumplido en estas cuatro décadas es lo que hace la diferencia entre que haya cuatrocientas cooperativas y que haya un Movimiento social que las agrupa.
Fucvam ha pasado de ser sólo un gremio que defendía los intereses de sus asociadas a configurar un actor social y político, parte importante de la sociedad uruguaya: un actor que cuestiona y propone, que no tiene miedo de comprometerse, incluso políticamente, cuando es necesario, pero que tampoco vacila en criticar a un gobierno de izquierda si también lo cree necesario.
La autogestión
La segunda herejía es postular la autogestión, o sea hacer realidad el precepto artiguista según el cual “nada tenemos que esperar, sino de nosotros mismos”. Por eso toda la gestión (adquirir, contratar, invertir, definir el proyecto, etc.) la asume la cooperativa, asesorada por sus técnicos, optimizando la calidad y los costos, y no el lucro.
Esto evita pagar una gestión contratada y ganancias de intermediarios (junto con la ayuda mutua, permite una economía del 30% o más), refuerza la pertenencia al colectivo y profundiza el compromiso de cada familia con las demás. Sin contar con que las soluciones son mejores, porque sus destinatarios participaron en su definición, desde el proyecto.
Se necesita un gran esfuerzo y mucha convicción, para que un conjunto de familias sin experiencia previa en la construcción y la gestión empresarial, se puedan constituir en empresa constructora por 18 o 20 meses, administren cientos de miles de dólares y terminen haciendo casas mejores que las que construyen las empresas, con todos sus recursos y su conocimiento.
Para que este pequeño milagro ocurra, la autogestión debe ser asumida como un compromiso colectivo, en el que cada uno, desde su lugar, es parte del éxito o el fracaso, y confiar en la organización, la división de tareas y la planificación.
La propiedad colectiva
Quizá la más herética de todas las señales de identidad de este modelo sea la propiedad colectiva. Se recibe el crédito juntos, se construye juntos, se paga juntos, se mantiene juntos y se vive juntos.
Ningún socio es dueño de ninguna de las viviendas y todos son dueños de un pedacito de cada una. Nadie podrá venderla en busca de una ganancia, pero tampoco la perderá porque la hipotecó por una deuda que no pudo pagar. La vivienda como derecho, al fin, y no la vivienda como mercancía.
La propiedad colectiva es la que hace que la cooperativa permanezca, después de construir las viviendas y aún después de pagar el crédito. Mientras la propiedad individual actúa como un dique separador entre “lo tuyo” y “lo mío”, la propiedad colectiva pone por encima de todo el valor del “Nosotros”.
El financiamiento público
Y finalmente, la herejía anti-neoliberal. Que en esta época de “estados facilitadores”, de dejar al capital que lo haga todo, sin molestarlo, y en que en los autos de lujo vemos el reclamo “Por favor, achiquen el Estado” (no la pobreza, no el hambre, no el analfabetismo: el Estado), haya quien reclame créditos públicos y subsidios públicos y se acuerde de lo que dice la Declaración de Derechos Humanos respecto a la vivienda.
Sin participación del Estado: ¿cómo haría una familia con un ingreso de un salario mínimo para pagar una vivienda que cuesta todo lo que gana durante 10 o 15 años? ¿Cómo haría esa familia para acceder a la tierra, que está en tan pocas manos, manos que esperan que el suelo engorde para recién entonces utilizarlo? No se puede. Así lo único que se puede es lograr son asentamientos precarios y una vida que no merece llamarse vida. Sí se puede, si al esfuerzo, la voluntad y el saber de la gente, se lo apoya con tierra, con servicios, con financiamiento. Y para eso está el Estado.
Una semilla latinoamericana
Desde el año 2000, con apoyo internacional, Fucvam difunde su experiencia en varios países de América Latina y el Caribe: el Sur de Brasil, Paraguay, Bolivia, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Cuba. También Argentina, Venezuela, Perú, Costa Rica y República Dominicana.
No se trata de copiar modelos, sino de trasmitir experiencias. Hoy hay proyectos piloto de producción social de vivienda por autogestión y propiedad colectiva ya concluidos, similares a las cooperativas uruguayas en muchos de esos países. En Honduras y El Salvador se crearon canales para replicarlos con financiamiento público; en Paraguay y Nicaragua se votaron leyes que les abren camino. En Brasil, un potente movimiento social, la Unión Nacional de Movimentos de Moradia, ha tomado este modelo como propio. Y en Argentina sucede lo mismo con el Movimiento de Ocupantes e Inquilinos (MOI).
Se ha tildado de modelo “contracultural” la herejía de buscar la solución de los problemas del hábitat y la vivienda, en este mundo actual de consumismo, individualismo y economías de mercado, mediante la solidaridad, la autogestión, la propiedad colectiva, el involucramiento del Estado. Pero, ¿no será, en todo caso, retomar las tradiciones americanas más antiguas, aquellas que se recogen en la minka, el mutirão, el trabajo de las tierras ejidales, aquellas que han producido el 90% de las ciudades por autoconstrucción?
¿No será hora de retomar esas experiencias, de potenciarlas con organización, asesoramiento, recursos, financiamiento, de que la gente sea la protagonista?
Desde Montevideo
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