Entrevista al guitarrista argentino Juan Falú
No debemos temerle a la tradición

Canto y revolución: reconocido como uno de los puntos de referencia del folklore argentino actual, el guitarrista Juan Falú es el organizador del Festival Guitarras del Mundo que cada año acoge a músicos de todo el planeta con el objetivo de intercambiar experiencias y compartir las maneras de interpretar este símbolo de la cultura. El compositor, sobrino del célebre Eduardo Falú, además de haber impulsado la creación de la Carrera de Tango y Folklore en el Conservatorio Manuel de Falla, integra el directorio del Fondo Nacional de las Artes. En entrevista exclusiva con América XXI profundiza sobre el papel de la política, la cultura y la música en el escenario latinoamericano.

¿De qué manera comenzó su vinculación con la guitarra?

Yo toco desde niño. Mi padre me transmitió el amor por el instrumento y el placer. Pero al mismo tiempo, cuando era niño, ya era un artista importantísimo Eduardo Falú, hermano de mi padre, y la guitarra tenía un carácter casi sagrado en la familia así que además del amor y el placer, empecé a sentir miedo porque tocarlo era como una empresa demasiado importante por la exigencia de excelencia. La guitarra se transformó en un instrumento adorable y al mismo tiempo temible.

Cuando se fue a Brasil exiliado,¿logró separarse de ese miedo?

Sí, pero no por una cuestión geográfica sino por las circunstancias en las que yo estuve en Brasil. El exilio conlleva necesariamente un período reflexivo muy importante, sobre todo el de nuestra generación que estuvo cargado de duelos y desarraigo. Muchos estuvimos expuestos a sucumbir a la locura o a la depresión. Entonces era necesaria la reflexión que incluía autocrítica y la búsqueda de un sentido a la vida. En ese proceso empecé a crecer y con el crecimiento comencé a crear mi personalidad musical.

Y su propia voz

Mi propia voz exactamente y mi propia guitarra.

¿Quiénes son sus máximos referentes?

Eduardo sigue siendo un máximo referente porque independientemente de las significaciones de la relación familiar, como artista sigue siendo un referente muy importante. Yupanqui es una especie de elegido, dice cosas en nombre de una cultura: su modo de hacer y de decir a través de la canción folklórica y de la guitarra, de transmitir una idiosincrasia sobre todo criolla en un momento histórico del país particular merece un respeto enorme. Por supuesto me gusta también cómo suena su guitarra y sus canciones; son ideales para reinterpretaciones hechas con respeto porque son simples entonces permiten, para los que tenemos el oficio de improvisar y de hacer versiones libres, cierto tipo de vuelo. Y tengo más referentes por supuesto, suelo incluir a personajes entrañables que son absolutamente anónimos: compañeros de ruta, de la noche, de boliches o músicos con los que he trabado una amistad como Jorge Cardoso, el misionero. He conocido tantos en el camino que es muy difícil hablar de nombres. Lo que no me gusta es cuando se menciona demasiado a la gente muy conocida, me parece que es como hablar desde el brillo ajeno. Por eso, cuando se habla de Leguizamón o de Yupanqui por sus apodos (El Tata o Don Ata, el Cuchi), cuando se habla de Mercedes como La Negra es para mí una familiaridad ficticia y superficial porque en realidad la familiaridad consiste en entender el arte de cada uno, lo que dicen, su significado, las cosas sutiles de ese arte; cuál es la esencia de una zamba por ejemplo, que va más allá del personaje. Este es un problema de estos tiempos, muy vinculado a los vaivenes de la identidad: cuando la identidad afloja un poco, se debilita, los personajes llenan esos vacíos.

¿Cómo fue su paso de la militancia estrictamente política a la militancia cultural?

Yo he militado desde mi ingreso a la universidad (en los años 1970 cursó y finalizó la carrera de Psicología Clínica en la Universidad Nacional de Tucumán), empecé en una organización primero política y después político militar. Estuve en el peronismo de base y luego en las Fuerzas Armadas Peronistas que apuntaba a la transformación hacia una conciencia socialista y una organización dependiente del rol de los trabajadores como motor, en ese sentido era claramente marxista. Fue una experiencia que quedó truncada cuando se profundizó la represión. Cuando regresé del exilio intenté retomar esos contactos pero ya eran organizaciones muy debilitadas. Y ahí decidí que mi manera de aportar iba a ser desde el campo del arte donde sentía que podía ser más útil y no me arrepiento porque se me fue ensanchando el camino.

¿Cuál es su concepción de la cultura y de la música popular?

Yo creo que en estos tiempos la cultura es el camino verdaderamente estratégico para la transformación. Por eso me preocupa la situación de nuestro país. Creo que está desdibujada la identidad y eso puede ser promisorio pero a la vez preocupante. Al comparar el escenario argentino con la situación de las culturas del resto de América Latina hay una diferencia grande y me da la impresión que nosotros estamos un poco más debilitados que otros países para conseguir conciencia, unidad en torno a ideas y a proyectos. Por eso es que creo que es tan importante la cultura, creo que lo más firme, lo más consolidado son las culturas regionales vinculadas a la historia latinoamericana. Para mí hablar de cultura es hablar de la estrategia de la transformación argentina y en ese camino creo que nuestro país debería estar discutiendo un fuerte crecimiento de las culturas regionales a nivel de la organización nacional y al mismo tiempo hacer un contrapeso a los designios porteños que siguen existiendo inclusive en las políticas culturales. Sigue presentándose a Argentina hacia el mundo como Borges y Sábato en literatura, negando las literaturas regionales que son extraordinarias, siguen presentando a los plásticos de Buenos Aires y al tango como una de las únicas expresiones argentinas junto con el rock.

¿De qué manera se trabaja para que el folklore no sea visto como una pieza de museo?

Yo creo que eso ocurre pero también ocurre un movimiento contrario y a mí no me gusta ninguno de los dos: la del folklore como pieza de museo es la opción conservadora que siempre existió y la del folklore actualizado, yo suelo decir rockizado, es lo contrario: es un folklore que entusiasma a la juventud y que está asociado a muchos valores que impuso el rock, como la descarga en espacios abiertos y multitudinarios, lo cual me parece necesario pero también creo que reduce la significación del folklore, lo empequeñece porque en el medio del ayer y de este hoy rockizado hay un camino que se desconoce. Es como hablar y tocar Piazzolla y no conocer a Salgán; no conocer a Salgán implicaría no conocer a De Caro por ejemplo. En el camino se han generado las culturas, se han enriquecido, se han forjado identidades, se han creado cancioneros, han surgido intérpretes variopintos pero algunos realmente extraordinarios, se han hecho escuelas; es decir, todo lo que en cualquier país de América Latina se presentaría como carta de identidad. Yo soy un ferviente militante de la cultura como valor en sí mismo.

¿Usted cree que con los gobiernos revolucionarios de América Latina se han revalorizado las culturas populares?

No tengo ninguna duda que se está favoreciendo el desarrollo del arte, mejor dicho del acceso a la expresión artística por parte de sectores sociales que estaban condenados a recibir y nada más o a expresarse como quería el sistema mediático. Yo soy un gran defensor de esos procesos. Defiendo al proceso venezolano desde mucho antes que lo hicieran los sectores llamados progresistas quienes decían que Chávez era un demagogo de derecha. Cuando uno escucha un discurso de Chávez, uno está entendiendo la chispa y el modo de comunicarse, común a la idiosincrasia latinoamericana. Cuando él canta, estará quien lo vea como un demagogo y quien lo vea como un tipo que conoce el canto de su tierra, simplemente eso: son percepciones que tienen que ver con los modos de vida y las vivencias acumuladas. Una vez levanté en la ruta a dos cadetes de policía y empezamos a hablar de política. Yo inducía la charla. Cuando se enteraron que era tucumano, me dijeron que andaba bien Antonio Bussi (gobernador de facto de Tucumán durante la última dictadura militar) entonces yo a propósito les dije que a mí Bussi me había matado un hermano. “Yo soy lo que a ustedes les enseñaron que era un subversivo, Bussi los eliminó a casi todos”. Después empezamos a hablar de la situación nacional y ellos criticaron las privatizaciones porque en muchos sectores, sobre todo entre los suboficiales de la fuerza de seguridad argentina, hay un sentido nacional muy fuerte, sin embargo están totalmente adoctrinados para odiar a la izquierda. En ese momento les dije: “pero ustedes tendrían que estar de acuerdo con Chávez entonces”, pero ahí es cuando les brota el adoctrinamiento. Me di cuenta que sería muy interesante invertir esfuerzos y energías y sobre todo dar ejemplos prácticos de formas de nacionalismo popular que atraería inmediatamente a muchos sectores de la sociedad que por ahí son más interesantes a largo plazo que esos sectores tan minoritarios del llamado progresismo argentino que tienen muy poca inserción en las culturas más profundas de su propio país y que desconfían de procesos como el venezolano.

¿Con respecto a estos procesos revolucionarios, cuál sería el papel que debería cumplir la cultura?

Prefiero responder con respecto a Argentina: yo creo que la música en Argentina tiene que dar un paso hacia atrás y un paso hacia delante, no debemos temerle a la tradición ni al futuro. Debemos reconocernos a nosotros mismos para avanzar. La tradición está presente en los discursos de Chávez y ni hablar de Evo Morales, está siempre allí hasta en el chaleco que usa. Hay que redescubrir las raíces pero no con un viaje a Tilcara donde se descubre a la Pachamama en cinco minutos. Buenos Aires también tiene mucho que decir: la Buenos Aires de los barrios, de los cafés, la tanguera que está tapada por la ciudad turística.

¿Cuál es su aporte desde su hacer cotidiano como músico?

Hay un punto en el que no alcanza el trabajo de uno ni su posición individual. Por eso más de una vez me he planteado si era necesario retomar la actividad política. Y sinceramente no se si sería lo correcto, no se si daría lo mejor de mí en una actividad política o si ya estoy dando de mí lo mejor con el arte. Porque hay un punto en el que uno también es consecuencia del proceso social. Más allá de tocar y de componer música, yo he creado movimientos desde la música: Guitarras del Mundo, por ejemplo, que es más que un festival, es un verdadero movimiento que recupera un símbolo de la cultura como la guitarra. Cuando acertamos con ese tipo de ideas, nos damos cuenta de que hay mucho por hacer desde las políticas culturales, recuperando símbolos fuertes de la cultura, valorizándolos, actualizándolos y abriendo espacios para la participación. Últimamente se me ocurrió que sería bueno contar con un instituto de políticas culturales regionales. Hay que recuperar el nacionalismo sin que se asocie al autoritarismo.

¿Cómo responden los jóvenes estudiantes de la carrera de Tango y Folklore del Conservatorio Manuel de Falla?

En pequeño sería esto que estamos hablando: ahí se reconocen las fuentes, los compositores e intérpretes. Al mismo tiempo, crean su propia música. No hay ningún riesgo de que queden anclados a la posición conservadora del folklore como pieza de museo ni que busquen identidades prestadas. Son parte de la juventud que busca un reconocimiento de su ser argentino. Nosotros acompañamos ese proceso. Hay que reconstruir el tejido de la memoria para reconstruir lo político ideológico que en realidad son procesos simultáneos. Hay mucho por hacer, pero hay una vuelta de la juventud a sus raíces. Los jóvenes son los que mejor recuperan a los viejos y avanzan: la historia está asegurada.

Desde Buenos Aires, I.H.

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