La Revolución Bolivariana en una fase riesgosa y decisiva
Partición de aguas
Por Marcelo Zugadi

 

Tensión: la irrupción efectiva de explotados y oprimidos en la vida política venezolana, en combinación con la adopción de medidas radicales para la transición al socialismo, provoca conflictos en las filas de quienes hasta ahora acompañaron el proceso revolucionario. Chávez llama a alejarse del reformismo. La propuesta choca con hábitos e ideas, bifurca caminos y plantea nuevos desafíos al Psuv y su liderazgo.

“Alejémonos del reformismo. Yo seguiré la dirección de la revolución radical socialista hasta que me toque. Es mi tarea y así la asumo y pido a todos que nos radicalicemos, lo que no tiene nada que ver con la irracionalidad, sino en profundizar el proceso desde las raíces del movimiento, por lo que seamos radicalmente honestos, radicalmente revolucionarios, radicalmente bolivarianos, radicalmente patriotas”.

No podría haber una síntesis más elocuente de la coyuntura en Venezuela que esta apelación de Hugo Chávez. La hizo el presidente venezolano el 21 de junio, al rendir tributo al luchador Fabricio Ojeda, periodista y guerrillero, asesinado en 1966

En esa misma oportunidad Chávez tuvo otra expresión cargada de significación, más allá de lo que las solas palabras podrían sugerir: “vemos muchos rostros que abandonaron la batalla, quienes me dan lástima, porque se arrastran ante todo el mundo”. Es que la revolución atraviesa un punto de la transición en el cual se afronta la prueba de fuego: acometer pasos decisivos hacia la demolición del capitalismo y la construcción de la nueva sociedad, o enfilar hacia otro destino.

Como toda concepción cultural e históricamente arraigada, el reformismo rige conductas sin que individuos e instituciones tengan completa conciencia de su accionar. Eso está ocurriendo ahora mismo en Venezuela. Y es fácilmente comprensible, pese a la estridente paradoja, que por regla general les resulte más difícil dar el paso adelante a quienes tienen mayor carga teórica y militante sobre los hombros. Es por eso, dicho sea de paso, que la revolución es cosa de trabajadores y jóvenes. Y de una minoría de revolucionarios formados y experimentados, capaces de romper con sus determinaciones de clase (porque el reformismo tiene también una raíz social), capaces de comprender y ser consecuentes a la hora decisiva de la acción. Es por eso que “vemos muchos rostros que abandonan la batalla”.

El dilema toma cuerpo en tres planos: las acciones concretas, la organización y la teoría. En los tres está tensándose al máximo la cuerda interna de cada individuo, de cada estructura, de cada concepción consciente o inconsciente. En proporciones elevadas, esa cuerda estalla. Rompe internamente a los individuos y los deja irreconocibles.

Decisiones y clases

Imposible reseñar el cúmulo de medidas adoptadas en el último período por el presidente Chávez para acelerar y fortalecer la marcha hacia el socialismo. Un libro de 500 páginas no alcanzaría. Medidas de orden económico, por cierto, pero siempre acompañadas por esfuerzos tendientes a que la clave de toda revolución verdadera se haga realidad: la asunción del poder efectivo, a diferentes niveles y en todos los ámbitos, por parte de las masas.

Nadie se asombrará de que ese punto clave sea resistido por tirios y troyanos, provocando malestares diversos y una consecuencia invariable: enfrentamientos entre individuos y capillas, y proliferación de chismes y calumnias. La conciencia revolucionaria afronta allí una prueba difícil, que se resuelve en el lugar y posición de esos individuos y grupos por un lado, en la unidad o la división del conjunto por el otro. De allí que en el centro de este choque de fuerzas esté la cuestión del Partido.

Pocos comprendieron el significado estratégico del llamado a abandonar las capillas y construir un partido revolucionario de nuevo tipo que asumiera la tarea de la revolución. Con infinidad de argumentaciones y pronósticos –la más de las veces muy bien fundados, pero en un universo diferente al de la revolución viva– unos se quedaron en su redil y otros buscaron formas de continuidad de su anterior posición en el seno de la nueva estructura. El detalle es que a pesar de éstos y aquéllos, las masas ingresaron a una experiencia de educación y organización que sencillamente cambió la realidad venezolana, sin que buena parte de las dirigencias lo percibiera.

En un movimiento de espiral que se eleva, girando sobre sí mismo pero siempre en un plano superior, el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) se plantó sobre principios y estrategias sólidas e inició el proceso de incorporar masas organizadas a la acción política. El relevante papel de diversos sectores de las clases medias incorporadas a la revolución –profesionales, intelectuales y cuadros militares– tuvo allí una prueba de fuego. Y no fueron pocos quienes salieron quemados.

Lejos de amilanarse, Chávez aceleró: eso es el proceso en curso en estos meses, mediante el cual se convocó a sumar nuevos militantes, a reorganizar la estructura partidaria y revisar programa y estatuto en un congreso extraordinario. Los resultados están a la vista: alrededor de un millón de jóvenes menores de 29 años se sumaron al Psuv. Y la afiliación total llegó a siete millones 200 mil, con un activo estimado en alrededor de cuatro millones. Los Batallones de 300 miembros se transforman en Patrullas de 30, la organización territorial deja paso a la estructuración por lugar de trabajo o actividad y queda pendiente la manera como se dará el debate teórico-político y la elección de las nuevas autoridades. Es posible un pronóstico firme: el Psuv saldrá de esta prueba, hacia octubre próximo, más fuerte, más claro, más eficiente y más democrático.

Pensamiento y acción

Esta afirmación no excluye riesgos, incluso extremos, que podrían resumirse en el peligro de transfiguración y autonegación del Psuv. Cada paso de envergadura en el camino de la transición supone trances de vida o muerte. Son incontables quienes confunden la opción por la vida con la conservación de lo alcanzado, la así denominada “prudencia”, el siempre anhelado “equillibrio”. El reformismo apela a tales conductas y conceptos –en abstracto indiscutibles– para no afrontar la única opción cierta por la vida, con todos sus riesgos: el avance de la revolución hasta la abolición del capitalismo.

Un reciente debate entre intelectuales mostró que algunos de ellos ya comienzan a teorizar la estrategia de la conciliación, hasta ahora expresada por diferentes maneras en las filas militares, en las organizaciones partidarias, y apenas en susurros de pasillo por parte de la intelligentzia. Puesto que al otro lado están las masas, convencidas del camino que traza Chávez y dispuestas a marchar contra viento y marea, tales teorizaciones, cuyo carácter de clase es inequívoco, serán en primera instancia perfectamente inocuas.

Pero pueden tener efectos negativos, potencialmente graves: el abroquelamiento de quienes gustan considerarse intelectuales en la idea de que su papel es iluminar desde lo alto. Y la propensión de los hombres y mujeres de acción –los que están en la primera línea de combate– a pasar por sobre divagaciones de diletantes y arrollar, voluntaria o involuntariamente, la indagación crítica y la imprescindible autocrítica permanente.

Por estas horas son estos temas los que están partiendo las aguas en Venezuela. Ahora, más agudamente que nunca, en las filas mismas de la revolución.

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