Crisis del capitalismo mundial
¿Recuperación a la vista?
Por Osvaldo Martínez

 

Manipulación: los portavoces del gran capital afirman que la economía mundial comenzará a recuperarse en el próximo trimestre. Pero no hay datos objetivos que avalen tal previsión. Todo lo contrario. Hasta el momento los centros imperiales no han tomado control de la caída. No se ha tocado el fondo. Con el aval de los medios se intenta “cambiar las expectativas”. En tanto los costos humanos son enormes. El número de hambrientos ha crecido en algo más de 100 millones de personas; los desempleados serán 50 millones más al finalizar este año y entre 55 millones y 90 millones de seres humanos engrosarán los índices de la pobreza extrema. El autor es Director del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial de La Habana.

En las últimas semanas se ha puesto de moda cierto optimismo sobre las señales de recuperación en la crisis económica global. Sea Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial o José Ángel Gurría, secretario de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde), o algún gurú del sistema, se dice que aparecen “brotes verdes” de recuperación o que una vez más se ve la luz al final del túnel. Por lo general, los argumentos se limitan a señalar que la velocidad de la caída ha disminuido, aunque sea imposible ocultar que la caída continúa.

Para estos voceros del sistema es un consuelo advertir que en Estados Unidos han aumentado ligeramente las ventas de bienes durables y que el ritmo de descenso del PIB ha disminuido en algún grado.

Falacias al desnudo

¿Es cierto entonces que los “brotes verdes” abundan como anunciadores de que la crisis global toca fin y las cosas podrían volver a ser como antes? Habría que tener en cuenta, ante todo, que una crisis económica capitalista no es nunca una línea de descenso constante. Es una caída generalizada, pero que ocurre en medio de movimientos de signo variado, que provocan alzas momentáneas de indicadores que pueden ser engañosos si se toman como expresiones autosuficientes para explicar la tendencia dominante.

Existen razones de peso para cuestionar la solidez de estos anuncios. He aquí algunas: la crisis actual comenzó como el estadillo de una burbuja financiera en el sector inmobiliario de Estados Unidos, pero no es la única burbuja presta a estallar. La especulación neoliberal se difundió por doquier e infló peligrosas burbujas en otros sectores como el de las tarjetas de crédito, donde la ilusión del llamado dinero plástico llevó a millones de estadounidenses a endeudarse más allá de toda racionalidad, con la confianza de que el precio de sus viviendas continuaría subiendo. Fue la construcción de burbujas sobre burbujas y en medio de la crisis del crédito, se calcula que el monto que las tarjetas de crédito acumulan representa una bomba de 1 millón de millones de dólares que puede estallar y elevar aún más la temperatura de la crisis.

Otro tema de gran importancia es que, a pesar de las promesas de regulación de los instrumentos o derivados financieros que protagonizaron la irresponsable y arriesgada ola especulativa, dicha regulación no es todavía más que el inicio de un complicado proceso legislativo y administrativo que, probablemente, consumirá el año actual antes de hacerse efectivo. Y mientras tanto, esos instrumentos siguen actuando sin regulación.

El más peligroso de ellos, los llamados swaps de riesgo crediticio o CDS por su sigla en inglés, se estiman en unos 62 millones de millones, que es más de cinco veces el Producto Interno Bruto (PBI) de Estados Unidos y mucho más que el dinero destinado a planes de rescate por el gobierno de ese país y por otros.

Estos instrumentos están difundidos por el mundo globalizado y son altamente “tóxicos”, utilizando la jerga del mercado financiero, para referirse a títulos de valor sin respaldo real. Ellos son una cobertura de riesgo crediticio en apariencia muy similar a una póliza de seguro para cubrir el posible impago de una deuda, pero con diferencias notables. Estas operaciones no están reguladas y las entidades que operan estos contratos no están obligadas a mantener reservas para respaldarlos, pues fueron inventados, precisamente, para burlar los requerimientos sobre reservas.

Los Bancos vieron en este instrumento y otros de alto riesgo especulativo, la vía para evadir requerimientos de reservas y liberar recursos para otras operaciones también especulativas. Se señala que Bancos europeos tienen 426 mil millones de dólares en operaciones de ese tipo con la empresa estadounidense en bancarrota American International Group (AIG). Y es sólo un ejemplo dentro del mercado financiero globalizado.

Esos títulos “tóxicos” están difundidos por doquier, pero no se conoce su monto exacto ni con precisión el lugar y en manos de quién se encuentran. Pero se sabe que son otra burbuja de muchos megatones prestos a estallar.

Otro problema es el estado real de los Bancos, en especial los estadounidenses, pues hasta el estallido de la crisis estos mostraban una apariencia sólida que resultó falsa. A principios de mayo se difundió el resultado de una llamada prueba de resistencia que fue aplicada a los 19 Bancos más importantes de Estados Unidos con el fin de determinar su capacidad para resistir condiciones no especialmente severas. Esas condiciones eran que el desempleo subiera por encima del 10% (actualmente es del 9,4%) y que el PIB descendiera más del 3% anual.

El resultado fue que 10 de los 19 Bancos necesitarían ayuda pública adicional por 7 mil millones de dólares para sobrevivir. Encabezaba la lista de los necesitados el Bank of American que en ese mismo mes anunciaba contradictoriamente ganancias de 4 mil millones de dólares.

Varias fuentes señalan que los Bancos continúan haciendo inversiones especulativas de alto riesgo incluso con los recursos de los paquetes de rescate del Gobierno, y encubriendo sus operaciones detrás de una contabilidad tramposa, lo cual explicaría que un Banco reporte ganancias, al mismo tiempo que una prueba de resistencia lo señala en grave peligro si las condiciones económicas se hicieran ligeramente peores. El estado real de los Bancos, además de no cumplir con su función esencial de otorgar créditos, es una importante incógnita y hay razones para sospechar una esencial debilidad en ellos.

Consecuencias a corto plazo

Para los estadounidenses que lidian con la crisis, el problema es bien concreto: los precios de las viviendas siguen cayendo y millones de hogares enfrentan el pago de hipotecas que están por encima del valor de mercado de sus viviendas, el desempleo continúa en aumento y muchos se acercan al final de las 39 semanas de pago por seguro de desempleo, sin posibilidades de obtener nuevos créditos y con tarjetas de crédito sobregiradas en términos de deuda.

Para ensombrecer el panorama de la crisis se suma también la imposible reproducción de un orden viciado que funcionó hasta ahora, permitiendo la existencia de una economía parásita que basaba su ostentoso consumo y su déficit estructural en el endeudamiento masivo del Gobierno, de las empresas, de los hogares, que a su vez era financiado desde el exterior por el resto del mundo. No es imaginable volver a repetir exactamente el orden económico mundial basado en un país con endeudamiento masivo, el ahorro cero, el déficit comercial gigantesco y la venta de sus bonos aprovechando el privilegio del dólar.

Escenario desolador

No parece que la salida de esta crisis –cuando ocurra– pueda repetir ese orden, pero lo que no cambiará es la globalización y ella también ensombrece esa salida, pues todos los países están azotados por la misma o similar epidemia y no es posible repetir una solución como la que tuvo la crisis asiática en 1997-1998, al basarse en las exportaciones, porque ahora todos los mercados están contraídos, incluso los de mayor capacidad de absorción como Estados Unidos y Europa, lo que hace imposible, para éstos y para sus exportadores, utilizar las exportaciones como motor de salida de la crisis. Otro factor de suma importancia es el desempleo que continúa creciendo.

Menos empleo significa menos ingreso: compradores que no compran o compran menos y estrechan el mercado para las ventas de las empresas enfrentadas a la crisis, al mismo tiempo el temor a perder el empleo lleva a recortar el gasto. Tal vez la mejor y amarga lección que esta crisis está mostrando en Estados Unidos es que sus ciudadanos están comenzando a ahorrar después del festival de consumismo basado en la deuda.

Menos empleo significa también menor recaudación fiscal en los momentos en que más la requieren los gobiernos para financiar los estímulos a la recuperación o para paliar los efectos sociales de la recesión. Lo único claro e innegable, es que la crisis económica global del capitalismo cobra su altísimo precio en desgracias a todo el planeta. Ningún país del Tercer Mundo contribuyó a generar esta crisis, pero todos la soportan y sufren bajo ella.

Las estadísticas internacionales, siempre por debajo de la realidad, expresan que desde agosto de 2008 el número de hambrientos ha crecido en algo más de 100 millones de personas, los desempleados serán 50 millones más al finalizar este año, la pobreza extrema se incrementaría en 2009 en una cifra entre 55 millones y 90 millones de seres humanos, sumandosé a los muchos millones que ya lo son.

Esas son pálidas estadísticas que congelan en cifras inferiores a las reales, la crítica situación de países pobres que a su pobreza “normal” ahora deben agregar los precios más reducidos de sus exportaciones, el cierre de mercados para ellas, el estrechamiento de los precarios créditos que obtenían, el peso agravado de su deuda externa, la reducción de la muy comprimida ayuda oficial para el desarrollo, y de las remesas que reciben sus familias. Y mientras tanto, escuchan que deben tener paciencia y esperar que las decisiones del G-20 permitan la recuperación de una economía mundial que para ellos no ha entregado más que subdesarrollo y pobreza.

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