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Luchadores sociales y políticos aprueban plataforma para edificar una fuerza política de masas en Argentina
Espíritu fundacional:Huerta Grande es una pequeña localidad serrana, situada a escasos kilómetros de la ciudad de Córdoba, en el centro de la República Argentina. Y es célebre porque allí, en 1962, un conjunto tan aguerrido como heterogéneo de dirigentes obreros aprobó un programa de históricas definiciones, que llevaría el nombre del lugar. Realizar allí un encuentro en conmemoración del 40º aniversario del Cordobazo (la insurrección obrero-estudiantil del 29 de mayo de 1969), suponía para los organizadores mostrar al país un homenaje militante a esos dos símbolos. El 30 de mayo, 61 cuadros políticos, sindicales y sociales, provenientes de los más distantes lugares del país, concurrieron a completar una primera fase en la enmienda y afirmación de un anteproyecto discutido durante las semanas previas. Veteranos cuadros políticos, jóvenes dirigentes de movimientos sociales, estudiantes, sindicalistas de numerosos gremios, se propusieron dar un primer paso hacia la edificación de una herramienta política de masas. La convergencia plural de distintas vertientes ideológicas y la importante participación de jóvenes fue una característica sobresaliente de este encuentro. Se hicieron oír dirigentes sindicales de diferentes gremios (Obras Sanitarias, Telefónicos, Ansafe, Agmer, Ate, Seguro, Ferroviarios, Obreros Navales, Luz y Fuerza, entre otros), así como integrantes de Apenoc (Movimiento Campesino de Córdoba), miembros de H.I.J.O.S, miembros del MoNaFe (Movimiento Nacional Ferroviario); profesionales de diferentes ámbitos (médicos, periodistas, filósofos, ingenieros, sociólogos, etc); Oscar Lúpori, en representación del obispo metodista Federico Pagura; protagonistas del Cordobazo y representantes del movimiento de solidaridad con Haití en Argentina, entre otros. Presidió la reunión una mesa moderada por Cristina Camusso (socióloga, militante por el socialismo y feminista), e integrada por Alberto Cartagena (obrero naval), Raúl Jiménez (médico, diputado provincial en Córdoba), Luis Bilbao (director de América XXI), Luis Bazán (dirigente del sindicato de Obras Públicas de Córdoba) y Nicolás Ale- ssio (sacerdote católico y reconocido dirigente social en Córdoba). La Asamblea aprobó por consenso unánime la Declaración que se adjunta. Con el mismo criterio resolvió realizar en los próximos 60 días encuentros regionales, sobre la base de esta Declaración y sumando temas y posicionamientos, con todo lo cual se arribará a un segundo encuentro nacional, a realizarse en Rosario, el 15 de agosto próximo. A fin de impulsar y coordinar éstas y otras tareas, se conformó un Secretariado, con asiento en Córdoba. Compañeros y compañeras trabajadores; estudiantes, chacareros y campesinos, pueblos originarios, profesionales; hermanas y hermanos todos de la Patria. A 40 años del Cordobazo y desde este lugar histórico, donde el movimiento obrero argentino enarboló un programa aún más actual hoy que medio siglo atrás, nos dirigimos a ustedes para presentarles una reflexión sobre el momento que vivimos y hacerles un fervoroso llamamiento. Al compás de una crisis sin precedentes del sistema capitalista mundial, Argentina está ante la opción inaplazable de encontrar un rumbo soberano o continuar amarrada al saqueo de nuestras riquezas naturales y nuestro esfuerzo diario. Aun antes de la detonación de la crisis mundial que amenaza caer como un alud sobre nuestro país, en Argentina el espejismo de la reactivación económica había dejado paso a la verdad: la mitad del país en situación de exclusión, marginación y empobrecimiento. Del resto, la mayoría percibe que cae aceleradamente hacia un lugar desconocido. Sólo una minoría insignificante acumula riquezas y empuja al conjunto de la sociedad a una degradación que destruye la convivencia, la conciencia y la cultura. Si alguien pudo creer que el actual gobierno era una esperanza para revertir la larga decadencia nacional, ya tiene sobradas pruebas de que éste ha sido devorado por las expresiones más retrógradas de la sujeción al lucro y las fuerzas ciegas de la corrupción. No es un problema de tal o cual dirigente político. Las deformaciones estructurales y la subordinación de la economía nacional se revelan en toda su potencia paralizante y destructiva, imponiéndose sobre eventuales voluntades individuales que, desde posiciones de gobierno, pretendan torcer el curso de los acontecimientos sin cambiar drásticamente el lugar de Argentina frente al imperialismo y acometer transformaciones raigales en las relaciones económicas y sociales. El sistema institucional ha sido reducido a una caricatura grotesca. La Constitución, las leyes y costumbres políticas, son manipuladas cada día con mayor desaprensión, para moldearlas según las necesidades de individuos movidos por intereses mezquinos, ajenos y contrapuestos a los requerimientos de la nación y sus mayorías. Los partidos políticos tradicionales han perdido su condición de tales, para transformarse en aparatos al servicio de los grupos económicos más concentrados e instrumentos momentáneos de proyectos individuales. A la izquierda de ese fenómeno de irreversible declinación, el deterioro se expresa en pequeñas estructuras que esgrimen un lenguaje transformador, pero viven ahogados en la estrechez sectaria o sucumben a la lógica de combates pequeños, empeñados en ocupar un rincón oscuro e impotente en la catedral del poder. Siempre hubo –y resisten todavía– sindicatos y dirigentes genuinos que obran como plataforma para el futuro. Pero son muchos también los que han dejado de ser representantes de los trabajadores, para convertirse en dispositivos encastrados en el sistema, en directa dependencia de patrones y gobernantes. Todas y todos hemos sido degradados por esta fuerza que empuja hacia el abismo. Y ahora afrontamos una coyuntura que, provocada por la combinación de la crisis mundial y local, pone a nuestro país ante el riesgo cierto de disgregación y violencia irracional, sin proyecto ni sentido. Urge un esfuerzo supremo por tomar conciencia de la realidad, reagrupar fuerzas y encaminarnos hacia un futuro de igualdad y buen vivir. Desde las profundidades de nuestra historia patria perviven ímpetus que por diferentes caminos, con visiones diferentes, lucharon por un proyecto de unión de los pueblos, independencia frente a las potencias imperiales y emancipación de las clases sociales explotadas y oprimidas. Ha llegado la hora de congregar esas poderosas fuerzas subterráneas y enrumbarlas hacia el futuro. El mundo marcha hacia una depresión económica Está a la vista el carácter intrínseco de la crisis del capitalismo. Este derrumbe en cadena no se produce por la amenaza soviética; no se produce por la movilización o por la propuesta anticapitalista de grandes Partidos revolucionarios a lo largo del mundo, con arraigo de masas y con el proletariado organizado; y no se produce por la demanda, siquiera economicista, de masas proletarias. Sin embargo ocurre: el desenvolvimiento normal del sistema lleva a su propio colapso. Y esto es tanto más grave y abarcador cuanto menos trabas tiene el funcionamiento del mercado capitalista mundial. La agudización de la competencia, la celeridad de la revolución tecnológica, no hacen sino acelerar la tendencia a la baja de la tasa de ganancia y el desenlace de sobreproducción generalizada de mercancías, hasta que el mecanismo se traba por completo. Eso ocurre cuando la recesión se convierte en depresión. En ese punto, la sobreproducción de mercancías y la caída de la tasa de ganancia por debajo del nivel para la reproducción ampliada del capital, sólo pueden resolverse dentro del capitalismo por la victoria de un competidor sobre los demás en el control de los mercados y la destrucción de las mercancías sobrantes. Eso sucedió en la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Una solución sin semejante trauma para la humanidad sólo puede llegar mediante la superación del sistema mismo. Siempre hay una correlación inversamente proporcional entre la capacidad de accionar político de la masa trabajadora a escala mundial y la capacidad de postergación del momento en que el sistema capitalista se engrana y detiene por completo, lanzando a millones de seres humanos a la desocupación, la desesperación y la violencia. No es dable hoy saber si los jefes del capitalismo mundial están o no en condiciones de postergar una vez más el estallido del mecanismo a escala internacional. Hay numerosos indicios de que desde mediados de 2008 y pese a las cantidades fabulosas de dinero inyectadas, no han logrado detener la caída. Los niveles de recesión en Estados Unidos, Europa y Japón son indicativos de una dinámica que hace probable el arribo a una situación de depresión. Mientras tanto, el proletariado mundial no se moviliza y mucho menos plantea un programa alternativo. Por eso no es imposible que el conjunto de medidas aplicadas y por aplicar, a través de la nueva superestructura montada a tal efecto, el G-20, consiga torcer la línea hacia el hundimiento y pasar a una situación de recuperación relativa y temporaria que transforme la recesión en estancamiento prolongado. Si se verificara esta variante, los costos sociales serían de todas maneras inconmensurables para los trabajadores y las capas medias en todo el mundo y muy particularmente en nuestros países económicamente subdesarrollados y políticamente dependientes. Porque el mecanismo sólo puede evitar su paralización total al precio de la desocupación masiva, caída vertical del salario real y agudización del saqueo imperialista a los países subordinados. Si el imperialismo con el concurso de sus aliados en nuestros países lograra prolongar el plazo del desenlace ineluctable, no demoraría un instante en acompañar sus éxitos parciales con una contraofensiva implacable contra todas las fuerzas que en el mundo desafían su hegemonía. El primer blanco durante una hipotética pausa a su favor sería, naturalmente, el punto más alto de la lucha social contemporánea: las revoluciones en Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Pero de modo inseparable la violencia imperial se descargaría contra las organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores y las capas medias del campo y la ciudad. En cualquier hipótesis, como desenlace inmediato de la actual recesión o con una fase de recuperación relativa que en ningún caso puede sacar del estancamiento a los tres grandes centros imperialistas, el mundo marcha hacia la depresión económica. Concluye así la política anticrisis desplegada por el capitalismo en las últimas tres décadas. Ésa es la mayor paradoja de nuestro tiempo: el estallido de la crisis resulta del éxito de aquella contraofensiva global estratégica que acabó con la Urss, liquidó sindicatos y Partidos obreros en todo el mundo, redujo salarios, aumentó los ritmos y las horas de trabajo y saqueó como nunca antes las riquezas de los países del Tercer Mundo. Ya en su punto actual, la crisis termina con la era del dólar. La emisión desenfrenada convierte a la moneda estadounidense en papel sin valor. Es sólo cuestión de tiempo la devaluación en magnitudes siderales. Terminará también, en plazos impredecibles, la parálisis del proletariado industrial en el mundo. La pausa que obtuvo el capital internacional contrarrestando las causas que iniciaron la crisis en los años 1970 significó una forma bastarda y esencialmente falsa –aunque con efectos reales– del crecimiento económico, que dio trabajo a la vez que aumentaba el desempleo y garantizó, a distintos niveles, una vida llevadera a los obreros industriales, o al menos a una parte sustantiva de ellos. Eso terminó. Estamos ante el fin de un sistema financiero controlado con mano de hierro por el imperialismo y utilizado como instrumento esencial de dominación mundial. A partir de ahora comienza una nueva etapa histórica en la realidad social y en la organización social y política de los trabajadores de todo el mundo. Quien va a sufrir primero –y, en un sentido, mucho más– los efectos de este colapso, es la clase trabajadora estadounidense y el pueblo del principal imperialismo, como ya queda a la vista con el despido de un promedio de 600 mil trabajadores mensuales desde hace un año. Ante este panorama, cabe recordar que el proletariado estadounidense tiene reservas históricas de organización y lucha muy grandes. Se puede suponer que van a reaparecer en la próxima etapa. Una de las expresiones de esta crisis será, a corto plazo, la crisis política en Estados Unidos. Ese acontecimiento inexorable sacudirá hasta las raíces, y en todos los aspectos, la política mundial. Quien no lo comprenda a tiempo será arrastrado sin piedad por el vendaval de la historia. El Alba de América Latina En esta coyuntura excepcional para la humanidad entera, América Latina está en el punto de avanzada. Esa es la razón por la cual el choque estratégico se hace particularmente evidente. Dos fuerzas de sentido inverso y potencia cambiante gravitan sobre la reubicación geopolítica de la región. Desde el año 2000 primó la que inducía a la convergencia, en progresiva confrontación con Estados Unidos. En 2005, durante la IVª Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata, el entonces jefe del imperio sufrió una humillante derrota. Y la tendencia convergente se aceleró. Pero mientras esa dinámica llevaba al nacimiento de Unasur, Estados Unidos lanzó su contraofensiva, destinada a recuperar la iniciativa, poner nuevamente a su favor las relaciones de fuerzas y sentar las bases para neutralizar la marcha revolucionaria ya plasmada en diferentes puntos del hemisferio. Cuatro años después, Washington contabiliza escasas aunque significativas victorias. Pero éstas se insertan en un escenario mundial por completo ajeno al de 2005, determinado por la irrupción de la crisis mundial capitalista. Si el primer factor juega a favor de Estados Unidos, el segundo opera de manera altamente contradictoria, acentuando a la vez las fuerzas centrípetas y centrífugas en América Latina. A la vez que perdía terreno por la presión incontrolable de la crisis, Washington ganó espacio usufructuando las contradicciones internas de las burguesías regionales, las vacilaciones de gobiernos autodenominados progresistas. Arribados al gobierno en función del vacío creado por la demolición de las instituciones tradicionales del capital, estos mandatarios sui generis apelan a un discurso alegadamente neokeynesiano, cuya significación de definitiva defensa del capitalismo desconocen o manipulan. Eso explica por qué la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), formidable conquista en pos de la convergencia, que-dó muda y paralizada frente a la crisis, tal como le ocurrió al Mercosur y a la Comunidad Andina de Naciones (CAN). En lugar de convocar una urgente reunión de Unasur, Brasilia y Buenos Aires acudieron a Washington primero y a Londres después para apuntalar las decisiones adoptadas por el imperialismo a través del G-20. Por el contrario, la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba), dio un audaz paso adelante. El 26 de noviembre los mandatarios de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Dominica, Honduras y Ecuador, aprobaron un documento donde quedó afirmada la decisión de “construir una zona monetaria que incluya inicialmente a los países miembros del Alba y a la República de Ecuador, mediante el establecimiento de la unidad de cuenta común Sucre (Sistema Unitario de Compensación Regional) y de una cámara de compensación de pagos. La creación de esta zona monetaria se acompañará del establecimiento de un fondo de estabilización y de reservas con aportes de los países miembros, con el fin de financiar políticas expansivas de demanda para enfrentarse a la crisis y sostener una política de inversiones para el desarrollo de actividades económicas complementarias”. El propósito es que “una zona económica y monetaria del Alba-TCP proteja a nuestros países de la depredación del capital transnacional, fomente el desarrollo de nuestras economías y constituya un espacio liberado de las inoperantes instituciones financieras globales y del monopolio del dólar como moneda de intercambio y de reserva”. Quedó así afirmada la decisión de “articular una respuesta regional, impulsada por el Alba-TCP, que busque la independencia respecto a los mercados financieros mundiales, cuestione el papel del dólar en la región y avance hacia una moneda común, el Sucre, y contribuya a la creación de un mundo pluripolar”. Cuatro meses después, el 17 de abril, los presidentes del Alba emitieron un documento de inédita frontalidad y contundencia destinado a enfrentar la declaración presentada por Estados Unidos y aprobada por la mayoría de los países que se reunirían horas después en la Cumbre de las Américas. Para ese momento San Vicente y las Granadinas ya se había sumado al Alba. Y también avaló la Declaración de Cumaná el presidente de Paraguay. Por primera vez en la historia de la diplomacia hemisférica, Washington vio desafiada su propuesta de Declaración final en una reunión de estas características. Tan claro y potente es el mensaje de la Declaración de Cumaná, que los mandatarios de Brasil y Argentina, empeñados en una posición conciliadora con el nuevo presidente estadounidense, comprendieron el costo altísimo que les implicaría firmar el texto de Washington en oposición al del Alba y se negaron a hacerlo. Así, la Cumbre de las Américas quedó sin Declaración final. Aunque la prensa no lo registró, allí se expresó un dato trascendental: Estados Unidos ha perdido su hegemonía en el continente. Ese acontecimiento adquiere toda su dimensión cuando se observan algunos ejes conceptuales y políticos de la Declaración de Cumaná. Dicen los mandatarios del Alba: “El proyecto de Declaración de la Vª Cumbre de las Américas es insuficiente e inaceptable por las siguientes razones: - No da respuestas al tema de la crisis económica global, a pesar de que ésta constituye el más grande desafío al cual la humanidad haya hecho frente en décadas y la más seria amenaza de la época actual para el bienestar de nuestros pueblos. - Excluye injustificadamente a Cuba (...) Por tal motivo, los países miembros del Alba consideramos que no hay consenso para adoptar este proyecto de declaración y en función de lo planteado, proponemos sostener un debate a fondo sobre los siguientes temas: El capitalismo está acabando con la humanidad y el planeta. Lo que estamos viviendo es una crisis económica global de carácter sistémico y estructural y no una crisis cíclica más. Están muy equivocados quienes piensan que con una inyección de dinero fiscal y con algunas medidas regulatorias se resolverá esta crisis. El sistema financiero está en crisis porque cotiza valores en papeles por seis veces el valor real de los bienes y servicios que se producen en el mundo. Esta no es una “falla de la regulación del sistema” sino que es parte constitutiva del sistema capitalista que especula con todos los bienes y valores en pos de obtener la máxima ganancia posible. Hasta ahora, la crisis económica provoca 100 millones más de hambrientos y más de 50 millones de nuevos desempleados y estas cifras tienden a aumentar (...) Cuestionamos al G-20 por triplicar los recursos del Fondo Monetario Internacional, cuando lo realmente necesario es establecer un nuevo orden económico mundial que incluya la transformación total del FMI, del Banco Mundial y de la OMC, que con sus condicionamientos neoliberales han contribuido a esta crisis económica global. Las soluciones a la crisis y la definición de una nueva arquitectura financiera internacional deben ser adoptadas con la participación de los 192 países que entre el 1º y el 3 de junio nos reuniremos en la Conferencia sobre la crisis financiera internacional de las Naciones Unidas, para proponer la creación de un nuevo orden económico internacional (...)”. De esta manera, desde América Latina, el Alba ocupa el lugar de una alternativa para los pueblos de todo el mundo frente al imperialismo. Y plantea un enorme desafío a gobiernos y fuerzas políticas que se consideran progresistas, pero rehuyen definiciones cuando se trata de enfrentar la crisis internacional, sumándose en última instancia a las grandes potencias para buscar paliativos En el período histórico que comienza ahora mismo, el Alba será más y más una bandera para miles de millones de seres humanos en todo el planeta. Por eso mismo, los gobiernos que la encabezan sufrirán el acoso y eventualmente el ataque militar por parte de Estados Unidos. La única manera de evitar esa lógica de hierro es avanzando y consolidando la unión latinoamericana. Está a la vista, no obstante, que ese objetivo no puede reposar exclusiva ni principalmente sobre los gobiernos del área. Por eso resulta imperativo alcanzar en cada país formas de unidad social y política de las grandes masas explotadas y oprimidas, que concurran a esa tarea histórica con toda la pluralidad de nuestros pueblos y las características propias de cada uno. No se trata de buscar formas que encierren una algarabía de siglas en instancias por definición pasajeras e impotentes, como pudieron verse en los últimos tiempos. Se trata de asumir definiciones netas en cuestiones axiales que cimenten la unidad real de las mayorías, articularse organizativamente en función de la pluralidad y heterogeneidad de esos conjuntos y sumarse desde allí al torrente latinoamericano en pos de la emancipación. Para esto, un objetivo esencial es luchar contra la participación de tropas argentinas en la Minustah, fuerza de ocupación de la ONU disfrazada de misión de paz en Haití. Argentina y el mundo En este cuadro regional el gobierno argentino se destaca por haber roto de hecho el frente único suramericano para sumarse sin distingos al llamado de Washington en las reuniones del G-20. Es preciso señalar la significación estratégica del paso dado por la presidente Cristina Fernández. Mientras el Pentágono alistaba grupos comandos de desplazamiento rápido dispuestos a sofocar sublevaciones sociales no sólo en el interior de Estados Unidos, donde la caldera ya comienza a bullir, sino en países críticos para el equilibrio imperial (México, Perú y Colombia ocupan los primeros lugares en la lista), el Departamento de Estado hizo un movimiento estratégico potencialmente letal: sumó 13 países al club de las siete potencias imperialistas y puso en el centro del escenario universal al G-20. Sin vacilar, el gobierno argentino se encolumnó en esa perspectiva. Es probable que en el elenco gobernante no haya habido clara conciencia de la magnitud de ese paso. Existen numerosas pruebas de que la lucidez y la visión estratégica no priman en la Presidente y su equipo. No obstante, hay causas de fondo que guiaron el movimiento, más allá de la comprensión puntual. En la semana previa a la reunión del G-20 en Londres y la Cumbre de las Américas en Trinidad Tobago, al concluir una reunión de Fernández con el vicepresidente estadounidense Joseph Biden, el canciller Jorge Taiana confesó sin pudor la posición oficial: “pensamos lo mismo sobre la manera de enfrentar la crisis. La Presidente y Biden coincidieron en que los organismos de crédito deben ayudar a aumentar la demanda global”. Esa definición ideológica no es nueva. En un encuentro en Tarija con sus pares de Bolivia y Venezuela, el 10 de agosto de 2007, Néstor Kirchner se expresó de manera inusual en él, tanto más significativa por la circunstancia en que lo hizo: “con una clara visión neokeynesiana, nosotros creemos que cuando se gasta en inversión pública (...) eso no es gasto público, eso es dignificar a nuestros pueblos para que tengan el nivel y la calidad de vida que merecen. Esa es la diferencia central que tenemos con el neoliberalismo”. No es poca cosa proclamarse ‘neokeynesiano’. Es mucho más subrayar que “la diferencia central con el neoliberalismo”, consiste para Kirchner en considerar inversión lo que otros llaman gasto. Pero lo verdaderamente importante en esa declaración de fe es que Kirchner se preocupó por marcar una tajante delimitación ideológica respecto de Hugo Chávez y Evo Morales, quienes escucharon inmutables sus palabras. Poco después, ya en plena campaña electoral presidencial, Cristina Fernández explicaba que el modelo a seguir era el de Alemania, como se lo recordó un año y medio después el ex jefe de Gabinete (durante todo el período de Kirchner y los primeros nueve meses de Fernández) Alberto Fernández, mientras prepara un equipo de relevo: “Los argentinos seguimos soñando con el modelo alemán que nos prometió Cristina cuando asumió el 10 de diciembre de 2007”. La Presidente trata de camuflar su definición estratégica asegurando, sin temor al ridículo, que Obama se ha hecho peronista. Artilugios aparte, está a la vista que esto es desarrollismo tardío, más impotente aún que el de fines de los años 1950, el cual –precisamente enfrentado por el movimiento obrero con los Programas de La Falda y Huerta Grande– llevó al colapso del frondizismo en 1962 y al posterior golpe de Estado militar en 1966. La política interior del Gobierno es consistente con estas definiciones ideológicas y de política exterior. No es preciso hacer un listado. Basta recordar que fueron renacionalizadas empresas quebradas y abandonadas por sus dueños (Correo, Aguas, Aerolíneas), mientras se acentuó la entrega en las áreas de aquellas empresas lucrativas (en primer lugar Repsol y Telefónica). El ya abortado proyecto de Tren de Alta Velocidad, explicita con exactitud –por vía del absurdo– la naturaleza de este gobierno. En cuanto a la política denominada “de derechos humanos”, además de apoyar e impulsar sin cortapisas toda medida que implique justicia y reivindicación de nuestros hermanos y hermanas presos, torturados y desaparecidos, exigiremos que no quede espacio para la hipocresía y se atiendan los derechos humanos de millones de compatriotas que hoy están arrojados a la marginalidad y la miseria. La utilización y manipulación política de la ignorancia y la necesidad extrema, provocadas por la consolidación de un país en dos planos (dentro y fuera del mercado capitalista), es un acto criminal comparable con las peores violaciones a los derechos humanos. Un tercio de la población argentina está hoy por debajo de la línea de pobreza. Y de ellos un tercio vive en la indigencia. La demagogia antimilitarista puede servir para que personas dignas cometan actos indignos; pero no abre el camino hacia la concreción de una sociedad humana. Por lo demás, es imperativo comprender las causas profundas que llevaron a que los mismos civiles que indujeron a la matanza juzgaran a los militares que la perpetraron, para afirmar de una vez una estrategia que convoque a los componentes de las Fuerzas Armadas ajenos a aquellos crímenes, a sumarse a un proyecto genuino de emancipación nacional y social, poniendo por delante la defensa de la soberanía y la independencia frente a la embestida global del imperialismo. Una herramienta política de y para las masas Por estos días la voluntad de transformación profunda, encarnada en cientos de miles de trabajadores, estudiantes, chacareros y profesionales, están dispersas. Los propios participantes en este encuentro trabajamos en diferentes proyectos, sea para concurrir a las próximas elecciones, sea para acumular fuerzas en tareas de base. Algunos de nosotros tendremos participación electoral significativa el próximo 28 de junio. Otros seremos expresiones apenas testimoniales y otros dejaremos de lado esa forma de expresión política. A todos y todas, sin embargo, nos anima la decisión de luchar por el poder político real, con las mayorías participando democráticamente en todos los órdenes de la vida nacional, para producir los cambios que la hora impone. El objetivo es por tanto la conquista de una democracia participativa popular, un gobierno de y para las masas, con el poder central en función de los intereses de la nación y del conjunto del pueblo, siempre partiendo de la noción de “Patria grande” latinoamericana y actuando en función de la unión de Nuestra América. Con este horizonte, cada milímetro ganado, sea en el terreno que sea, cobra un valor diferente y mayor porque es la parte viva de un todo y se inserta en un plan de acción estratégica. Todos y todas tenemos la determinación de que el conjunto de expresiones antimperialistas de nuestro país converja en una poderosa herramienta política que, en todos los terrenos, verifique la capacidad de unir a las grandes masas de nuestro país y busque la convergencia con los pueblos hermanos de América Latina. Nos proponemos elaborar un programa y proyectar una fuerza política de y para las mayorías, que conjugue en su máxima expresión la gloriosa historia de nuestro pueblo y de nuestra clase obrera. En consonancia con ese legado y con la realidad de disgregación y ausencia de referencias netas, aspiramos a construir una Federación –que no queremos Santa, sino Revolucionaria– capaz de aunar millones de voluntades en todo el país y con la firme determinación de avanzar codo a codo con nuestros hermanos latinoamericanos encabezados por Cuba, Venezuela y Bolivia. En consecuencia con estos propósitos, adoptaremos como centro de nuestro accionar alguna de estas tres ciudades cargadas de historia: Paraná, Rosario o Córdoba, excluyendo a Buenos Aires, como prueba del esfuerzo por constituir un verdadero federalismo revolucionario. Nos proponemos promover de ahora en más, según un cronograma a definir, encuentros locales, regionales y nacionales que discutan estas ideas. Promoveremos reuniones en cada punto del país donde un grupo de compatriotas se disponga a participar plena y democráticamente en la edificación de una herramienta política propia. Alentaremos que delegaciones genuinamente representativas de esos encuentros locales y regionales converjan en una o más convenciones nacionales, a fin de avanzar en definiciones políticas y organizativas y gradualmente presentar a la nación una alternativa real. Mediante esa labor conjugaremos el extraordinario acervo de nuestras luchas obreras, estudiantiles y campesinas, incluyendo las grandes batallas por los derechos de la mujer. Nos esforzaremos por moldear con esa argamasa una unidad superadora. Empeñaremos nuestros sentimientos y capacidades con la solidaridad y generosidad que sólo puede generar un compromiso inclaudicable con nuestros héroes y mártires, para constituir la representación genuina de la voluntad de los explotados y oprimidos. En el 40º aniversario del Cordobazo, en el histórico sitio donde el movimiento obrero aprobó un programa para la acción de extraordinaria vigencia en la actualidad, los aquí reunidos nos comprometemos, ante la Patria y la Historia, a entregar nuestros mejores esfuerzos, nuestra vida si es preciso, para colocar a Argentina a la altura de lo que demanda este momento histórico y el extraordinario lugar que en él ocupa América Latina. Huerta Grande, 30 de mayo de 2009
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