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Las izquierdas no logran presentar una alternativa
La Unión Europea en un callejón sin salida
Por Stephanie Blankenburg
Fin de fiesta: las economías de Estados Unidos y de la Unión Europea (UE) enfrentan la más grave crisis financiera desde la Gran Depresión de los años 1929 hasta 1932. Además –y como consecuencia– se ven frente a una crisis económica extremadamente seria y prolongada que está por comenzar. Si bien el reciente desplume de la famosa vía anglosajona del capitalismo financiero-neoliberal tiene repercusiones a nivel global, el centro de la crisis se encuentra sin ninguna duda en Estados Unidos y la UE. ¿Cuáles son las causas principales de la crisis y cuáles sus consecuencias más inmediatas en la UE? ¿Cuáles son las políticas y planes “anti-crisis”? ¿Podrá la Unión Europea transformarse en la nueva región líder de un capitalismo reformado? .
La alta y peligrosa fragilidad del sistema financiero se reveló en la UE de manera definitiva con la primera retirada masiva de fondos de un banco en el Reino Unido –la famosa crisis “Northern Rock” en septiembre de 2007–. A pesar de que el Banco Central de Inglaterra intervino una vez estallada la crisis, posteriormente las autoridades no hicieron nada para evitar las posiciones de riesgo creciente de los principales actores financieros. Este papel excesivamente pasivo de los bancos centrales de la UE, de Inglaterra y de Estados Unidos, en el transcurso de más de un año de repetidos y graves disturbios financieros –como por ejemplo los problemas de Bear Sterns en Abril de 2008 en Estados Unidos–, ha sido característico del desenvolvimiento de la crisis. En términos generales, el trasfondo principal de la actual crisis financiera es la existencia de una abundancia general de recursos por invertir en los años anteriores a la crisis. Si bien se habló mucho de un exceso de liquidez como una de las causas principales de la crisis, es importante subrayar que este fenómeno no se refiere exclusivamente a factores financieros: por un lado, los bajos tipos de interés en Estados Unidos tras el colapso del boom “dot.com” de las acciones tecnológicas en 2000 y 2001 permitieron el refinanciamiento relativamente barato de bancos y empresas en dificultades. Por otro lado, tras largos años de repartición de ingresos a favor de ganancias empresariales y de la renta financiera (en contra de asalariados, obreros y pobres), la consecuente acumulación y concentración de capital financiero (altos volúmenes de ahorro) llevó a un rendimiento relativamente bajo de muchos tipos de activos financieros.
No sorprende que muchos Bancos y, sobre todo, las instituciones financieras –generalmente no reguladas– se dedicaran con entusiasmo a la búsqueda de métodos para aumentar sus rendimientos. En primer lugar, incrementaron su apalancamiento recurriendo a la deuda a fin de mejorar sus posiciones: el apalancamiento permite esencialmente altos rendimientos en cartera, pero al precio de altos riesgos. En conjunto con otras “innovaciones financieras”, como la “securitización” –transformación de flujos de pago heterogéneo en un solo valor negociable– se produjo una situación de riesgo sistémico: la caza de nuevos tipos de activos y la incesante creación de complejos instrumentos financieros hicieron imposible una valoración adecuada de los riesgos. La decisión del Banco Federal de Estados Unidos de dejar colapsar al Grupo Lehman Brothers en septiembre de este año fue sólo el evento “disparador” de una inevitable crisis estructural.
Por lo tanto, las causas principales de esta crisis son fáciles de entender: los mercados “libres” (muy poco regulados) son incapaces de evaluar el riesgo de manera adecuada. No existe un “capitalista colectivo” (tomando prestada la expresión de Carlos Marx) que sepa salvaguardar el interés del sistema capitalista en el largo plazo para evitar las crisis y promover un alto y estable crecimiento económico. Además, un sistema que privatiza las ganancias y “socializa” el riesgo de manera anárquica no puede contar con estabilidad política-económica, por lo menos no en el largo plazo. Segundo, bajo la ausencia de un “capitalista colectivo” no existe límite a la codicia del rentista-capitalista: el catastrófico colapso del sistema financiero se debe, en última instancia, a la creciente desigualdad de la repartición de ingresos y a la acumulación de capital financiero en manos de rentistas con poca inserción directa en la economía productiva.
Inminente crisis económica en la UE
La UE se ve ahora en el epicentro de la crisis financiera porque sus gobiernos neoliberales llevan muchos años impulsando e incentivando la integración de sus economías al sistema capitalista anglosajón, basado en la desregulación de los mercados financieros (entre otros) y la “financiarización” de sus grandes corporaciones, es decir, la fusión del capital industrial y financiero bajo la forma del modelo “accionista”. Un rasgo fundamental de este tipo de cooperación es precisamente la “responsabilidad limitada” de sus accionistas así como la separación institucional del control sobre la gestión de los derechos de propiedad. Es una forma de organización empresarial que promueve, de manera activa, la indiferencia (y la irresponsabilidad) de sus propietarios, los accionistas, respecto al impacto ma- croeconómico y social de las estrategias de inversión y sus riesgos sistémicos. En términos más generales, la UE ha perseguido religiosamente un modelo neoliberal-monetarista por muchos años. Su contagio con la crisis financiera “made in USA” sólo acelerará y agudizará una recesión económica ya en camino.
Los pronósticos del FMI y de la Oecd, entre otros organismos internacionales, son pésimos: una tasa negativa de por lo menos -0.2% del crecimiento del PIB en 2009 para el conjunto de los 27 Estados miembros de la UE (UE27), con el Reino Unido (-1.3%), Alemania (-0.8%), España (-0.7%), Italia (0.6%) y Francia (-0.5%) encabezando la lista de economías entrando en recesión; una tasa de desempleo del 7.8% para el grupo UE27, con las tasas más altas en España (13.8%), Francia (9.0%), Hungría (8.6%) y Alemania (7.5%). Igualmente, se prevé una desaceleración del consumo privado para la UE27 de 1.4% en el 2008 al 0.2% en el 2009 y el decrecimiento de sus exportaciones del 3.4% en el 2008 al 1.5% en el 2009.
Adicionalmente, tras su reciente ampliación, la Unión Europea se ve frente a problemas todavía más graves en algunas economías de Europa Oriental que han financiado su transformación al capitalismo sobre la base de un rápido y excesivo endeudamiento, tanto privado como público, en los mercados financieros internacionales. En muchos casos, la amplia disponibilidad de créditos baratos impulsó “booms consumistas” más que inversión productiva, con evidentes consecuencias catastróficas al colapsar los mercados financieros internacionales. Si bien el caso espectacular de Islandia es el más conocido, el FMI ya ha tenido que intervenir de emergencia en Hungría, y en otras economías europeas-occidentales que están igualmente en riesgo de morosidad. Es evidente que esta situación es altamente contra-productiva para un proceso de integración económico-político desde luego complejo y en constante tensión.
Dónde reside la solución
Desde un punto de vista macro-económico, las soluciones para la actual crisis son tan evidentes como sus causas. De fundamental importancia son dos medidas en particular: la radical democratización del sistema financiero europeo –y global– y una repartición de los ingresos a favor de las clases obreras, asalariadas y pobres, igualmente radical. La transformación del sistema financiero tiene que comenzar con una verdadera nacionalización de una gran parte de los sectores bancarios y financieros –a diferencia de la mera compra de acciones por parte de algunos gobiernos europeos– así como profundas reformas bancarias y de los mercados de capitales a fin de eliminar toda práctica abusiva y de alto riesgo. La repartición de ingresos requiere de una reorientación profunda del régimen económico-político hacia la garantía del pleno empleo y, en última instancia, la reforma de los actuales modelos de control y propiedad en las grandes empresas.
¿Pero existen las fuerzas políticas para iniciar y empujar tales medidas? En el caso de la UE, la respuesta es claramente negativa: los actuales gobiernos, muchas veces bajo control laborista (Reino Unido, España) o con participación laborista (Alemania), se contentan con la recapitalización de los grandes bancos sin verdaderos condicionamientos. Las cifras astronómicas de los recursos dedicados a estas recapitalizaciones son bien conocidas: $ 360 mil millones en Francia, $500 mil millones en Alemania, $700 mil millones en el Reino Unido, para mencionar solamente algunos países. Pero más allá de la defensa de los intereses del “ahorrista” a expensas del “contribuyente”, las iniciativas son tardías y tímidas. Se habla de paquetes fiscales para estimular las economías al borde de la recesión pero no existen programas claramente dedicados a una sistemática y radical repartición de los ingresos a favor de las clases trabajadoras y de los pobres. Actualmente, la UE27 cuenta con 79 millones de pobres; uno de cada seis europeos recibe menos del 60% del ingreso mediano nacional. Al mismo tiempo, la riqueza de los hogares millonarios creció en un 20% entre 2001 y 2007. A pesar del comienzo de la crisis financiera en 2007, el número de millonarios (en $US) pasó de 2.9 millones en 2006 a 3.1 millones en 2007.
Los partidos laboristas en la oposición se encuentran en un estado lamentable de divisiones internas y de paralización política. El mayor ejemplo es la actual desintegración del partido socialista francés tras las turbulentas elecciones de su nueva presidenta, Martine Aubry. La ex Ministra de empleo y de la solidaridad y actual Presidenta de la comunidad urbana de Lille en el centro industrial del Norte de Francia, ganó con sólo 42 votos, y su rival principal, la ex candidata a la presidencia del país, Ségolène Royal, ya está contestando el resultado. Las divisiones internas son feroces pero están basadas más en rivalidades personales y conflictos pasados que en desacuerdos sobre futuras orientaciones políticas. Otros partidos socialdemócratas y/o socialistas en Europa Occidental enfrentan crisis existenciales parecidas aunque menos espectaculares: el retorno al famoso modelo socialdemócrata del Estado de bienestar europeo simplemente no es una opción.
Otras fuerzas políticas de la izquierda son débiles tras décadas de neoliberalismo y siguen afectadas por el fin del socialismo en Europa Oriental. Los sindicatos no sólo no se han recuperado de su marginalización en los años 1980 y 1990, sino que ahora tendrán que enfrentar una nueva fase de alto desempleo. Los nuevos partidos comunistas (posteriores a 1989) son generalmente muy pequeños, con poca voz en la vida política y pocos recursos. Los movimientos sociales que operan fuera del tradicional sistema de partidos políticos carecen de niveles de organización suficientes para representar alternativas coherentes y convincentes en situaciones de crisis. En muchos casos representan temas e intereses específicos –como la cuestión del medio ambiente– y se limitan a las protestas “anti” sin formular alternativas claras. La falta de alternativas se manifiesta en una reciente encuesta del Financial Times/Harris (20 de octubre de 2008). Según este sondeo, la gran mayoría de los europeos atribuye la crisis financiera a “abusos” del capitalismo, pero no a un “fracaso” del sistema. Este estado de ánimo es representativo del clima político: tras tres décadas de neoliberalismo y luego del colapso del socialismo en Europa Oriental, la gran mayoría de la población simplemente no se puede imaginar que existan alternativas. En la UE, aún no se ve la luz al final del túnel. En su actual estado económico-político –bajo liderazgo derechista a nivel de la UE en su conjunto y en la mayoría de sus Estados miembros, frente a una grave crisis económica– la Unión Europea no será el nuevo líder de un modelo capitalista reformado, ni de una oposición izquierdista consecuente e inspirante. Históricamente, las grandes crisis producen conflictos más bien que alternativas productivas, por lo menos en el corto y mediano plazo.
Desde Londres, especial para América XXI
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