Interpretación marxista de la Revolución Bolivariana
El socialismo renace en Venezuela

 

Ensayo: un nuevo libro del director de América XXI, aparecido en Buenos Aires en octubre último, propone una mirada diferente de la Revolución Bolivariana. Testigo y partícipe de los nueve años de este proceso –original en todo y por todo– Luis Bilbao busca comprender las raíces de esa originalidad, interpreta a partir de ella el inicio y desarrollo de la revolución e indaga en sus posibles consecuencias. A lo largo de 280 páginas el autor pasa de un prólogo en el que polemiza con el Papa Benedicto XVI –un debate entre materialismo e idealismo– a un epílogo donde cruza espadas con Condoleezza Rice, la secretaria de Estado del gobierno estadounidense, para enfrentar los lineamientos de la estrategia imperialista. Entre aquél y éste, 10 capítulos recorren arduas cuestiones teóricas presentadas en lenguaje llano y accesible, a la par de temas candentes como “Revolución, democracia y fuerzas armadas”, “Masa, individuo y dirección”, “Clase y carácter”, “El movimiento obrero en la revolución”, hasta llegar a una exhaustiva exposición analítica de la teoría y la práctica del recientemente fundado Partido Socialista Unido de Venezuela. A continuación se reproducen fragmentos del capítulo 6: “Clase y carácter”.

Los rasgos propios de la historia y la conformación social de la sociedad venezolana [analizados en capítulos anteriores, N de la R] le dieron perfiles singulares a la Revolución Bolivariana y ésta, a su vez, revierte en la forja de un nuevo carácter en el conjunto y los diferentes estratos de la sociedad, claramente partida en tres grandes sectores: las clases trabajadoras en todo su muy amplio espectro, las nuevas clases medias altas (irónicamente llamadas “boliburguesía”) y los de arriba, que incluyen sectores medios tradicionales, burguesía y antiguas oligarquías.
Este último bloque está integrado además por poco menos que el total de la intelectualidad progresista de antaño, sin excluir a notorios dirigentes revolucionarios transformados ahora en soporte intelectual y fuerza de choque, respectivamente, de una reacción rabiosa, ahíta, a la vez asustada y descaradamente agresiva. Con restos de partidos paralizados por la artrosis, ésta fue la base social del golpe de Estado en abril de 2002, del sabotaje petrolero en diciembre del mismo año, del fallido referendo revocatorio en 2004, de las incontables embestidas inútilmente ensayadas desde todos los ángulos, siempre con la parafernalia mediática como vanguardia rectora.
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En la tónica impuesta al debate político por los medios comerciales, los cuadros chavistas apelaron a la psicología y calificaron a la oposición como “disociados”. (...) Aunque insultante y políticamente impropio, el infamante calificativo se adecua a la realidad. En los momentos más graves de la confrontación con el gobierno del presidente Chávez la disociación de los medios comerciales se trasladó al espectro opositor y puso una nota aguda de neurosis colectiva en la sociedad. (...) El desprecio por los de abajo se proyectaba al Presidente y tomaba cuerpo en gritos, amenazas y desplantes, pero sobre todo en la revelación de una concepción enajenada del mundo y la realidad circundante, en la que el individualismo desenfrenado podía alentar al asesinato de las “hordas chavistas” con la misma facilidad con que se pedía la intervención de tropas estadounidenses para “salir de Chávez”. Todo, naturalmente, enarbolando la sagrada bandera venezolana y vistiendo gorras y camisetas con los colores patrios.
Aquí es requerida una interpretación más abarcadora, pero sobre todo más precisa acerca del carácter, que remita a las determinaciones de clase y ponga de relieve otros rasgos en el hombre y la mujer, que gravitan también de manera singular sobre la coyuntura política y sobre el crucial papel histórico que le ha tocado cumplir a Venezuela en este momento de la humanidad. Aun alertando sobre los riesgos de interpretaciones mecánicas es preciso asociar algunos trazos sobresalientes del carácter colectivo venezolano en la actualidad con el hecho de que el conjunto social vive de la renta de la tierra (en la forma de renta petrolera), uno de cuyos resultados es el escaso desarrollo del capitalismo industrial.
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Una burguesía rentista crea una contraparte también habituada a la renta como sucedáneo del esfuerzo productivo. Una burguesía ineficiente modela una sociedad donde la eficiencia no será un valor. Una burguesía corrupta proyectará su corrupción a toda la población. De allí deriva una infinidad de factores que signarán a la sociedad como conjunto.
Por ser víctima de ese ordenamiento injusto, y porque al menos en ciertas áreas la enajenación de los de abajo es menor a la que devasta la condición humana de las clases dominantes, los hombres y mujeres que para vivir venden su fuerza de trabajo atesoran valores que la burguesía ignora y desprecia. Cuando logran afirmar esos valores y buscan dar vuelta el estado de cosas que los oprime –es decir, cuando inician una revolución– la clase trabajadora y el conjunto de los de abajo pueden apoyarse en esa reserva de valores propios y contraponerlos a los que destila su enemigo. (...) En ese punto gravitarán inexorablemente las determinaciones sociales e históricas del país.
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Sólo un futuro advenimiento del reino de la libertad, cuando haya sido abolido el capitalismo y esté recorrida buena parte del camino que va del socialismo hacia la desaparición del Estado, del mercado en todas sus formas y por ende de la moneda, podrá hermanar la eficiencia con la alegría, la productividad con la autonomía, la disciplina con la plenitud. El trabajo no enajenado, en fin; realizado conscientemente para extraer de la naturaleza lo necesario a la sociedad, con el esfuerzo de cada quien según sus capacidades y la distribución según las necesidades de cada uno.

Orden y transición

(...) En ningún caso una revolución puede desconocer el acervo científico, tecnológico, cultural, amasado por la historia humana. Pero sobre todo en los países con menor desarrollo relativo, esa labor entraña extraordinarias dificultades. El rescate y continuidad de lo más avanzado alcanzado por el sistema al que se pretende sepultar es tanto más difícil cuanto menos sea el peso relativo de la clase obrera en la revolución y menos se involucren en ella intelectuales, profesionales y artistas.
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En cada coyuntura extrema –menos por presión directa del enemigo que por necesidad de resolver urgencias prácticas de todo orden– Chávez tuvo que apelar a la única instancia capaz de actuar organizada y disciplinadamente: la fuerza armada. (...) Durante los primeros seis años cosechó un fracaso tras otro, si bien es cierto que cada momento de empuje dejó acumulados resultados parciales de enorme valor potencial (Círculos Bolivarianos, Frente Francisco de Miranda, nuevos sindicatos que convergerían en la Unión Nacional de Trabajadores, reserva militar). Ese conjunto en bullente y desordenada evolución plasmaría luego, en una primera onda de superación cualitativa, en Consejos Comunales y el Partido Socialista Unido de Venezuela. Mientras este proceso sedimentaba, no obstante, el peso efectivo del mando revolucionario se instaló en todas las áreas, con total naturalidad, como una incuestionable necesidad, en cuadros de la fuerza armada nacional.
La evolución individual y colectiva en la asunción de un pensamiento y una práctica revolucionaria por el socialismo del grueso de los militares –y también, como nota sobresaliente, de cuadros policiales– sorprende y conmueve. Bolívar, quien murió convencido de que había “arado en el mar”, comprobaría con satisfacción que su conclusión se revelara tan diametralmente errónea. Pero no sólo Bolívar estaría orgulloso de su paso por la vida. Lenin, defensor de un partido “profesional”, estaría asombrado de ver cómo este tipo diferente de profesional, originalmente formado para defender a las clases explotadoras, pudo en circunstancias excepcionales transformarse en su contrario.
Sea como sea que evolucione la Revolución Bolivariana de aquí en más, queda fuera de duda que el ingreso masivo de cuadros militares a la idea y la acción por la revolución socialista cambia cualitativamente, en sentido positivo, el futuro latinoamericano. Ese resultado está ya afirmado y es irreversible.

Exceso de riqueza

(...) Así como la revolución ha llevado a las clases altas y los sectores medios que la apoyan a un estado de “disociación”, sobre ciertas franjas de las clases medias comprometidas con el presidente Chávez ha dado lugar a la falsa idea de que el statu quo actual, que las favorece con riqueza y poder, puede ser perpetuado al margen de que la revolución avance o retroceda. Irrumpe en estos casos otro género de disociación, consistente en apoyar por un lado a Chávez y mientras se repite en toda circunstancia la adhesión al socialismo, se vive y actúa en sentido contrario, en la mayoría de los casos sin conciencia exacta de la contradicción que al cabo deberá estallar, muy probablemente destruyendo a quienes viven en ella.
Sólo una tenaz labor de concientización y organización puede contrarrestar esas tendencias adversas. Después de haber logrado lo impensable en esa materia con su trabajo individual como propagandista, educador y promotor de organización, Chávez ha conseguido prolongarse en los órganos del poder popular y en el Psuv. De estos dos instrumentos estratégicos depende el futuro de la revolución socialista en Venezuela.


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