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Por Luis Bilbao Apenas horas después de que en la capital de El Salvador, el 14 de enero, representantes de 39 partidos y organizaciones de izquierda de América Latina y el Caribe aprobaron una declaración que resumió las conclusiones de dos días de sesiones del XIII Encuentro del Foro de São Paulo (FSP), el discurso de asunción presidencial de Rafael Correa, un hombre sin partido, dejó muy por detrás al diagnóstico y las definiciones programáticas y estratégicas del cónclave partidario. Aclaración para evitar confusiones: el autor de esta columna es miembro fundador del FSP y, aunque no integra un partido, defiende teórica y prácticamente su necesidad, la considera condición sine qua non para llevar a buen término la revolución en curso en la región y, en consecuencia, trabaja con tal objetivo en su país y en América Latina. Así, aquella afirmación no implica un juicio de valor sino una constatación de lo que ocurre en la coyuntura a escala hemisférica, sin perjuicio de que la aseveración sea inválida en casos puntuales, como se verá enseguida.
XIII Encuentro del FSP Fundado en 1990 a instancias del Partido de los Trabajadores de Brasil, en un contexto por completo diferente del actual, el FSP cumplió una importante labor en los 15 años subsiguientes, signados por el retroceso de las luchas sociales, la confusión ideológica y la dispersión organizativa. Cuando el signo de la etapa cambia, sin embargo, queda a la luz la insuficiencia de esta instancia para afrontar la nueva situación en condiciones de dirección política. Durante la travesía del desierto de los últimos tres lustros, con la deriva hacia el centro de importantes componentes del FSP, la hegemonía del bloque se instaló en posturas reformistas. El peso adicional del pragmatismo dejó en los márgenes a las posiciones más definidas por la revolución y el socialismo. Este objetivo desplazamiento de fuerzas choca de frente, sin embargo, con el nuevo cuadro regional y los cambios a escala internacional. Ahora, partidos y corrientes que asumen la vía de las reformas graduales dentro del sistema capitalista, pese a su mayor peso por número y ubicación, han perdido la sintonía con el estado de ánimo del activismo político regional, a su vez determinado por un auge sin precedentes de posiciones antimperialistas en franjas largamente mayoritarias de la población. Frente a esto, quienes sí encarnan la vitalidad de los nuevos tiempos con posiciones de franca definición revolucionaria -el Partido Comunista de Cuba, la representación del gobierno venezolano, el eficiente anfitrión Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, más numerosos partidos y organizaciones de menor envergadura- no mostraron cohesión ni planes para corregir el rumbo del FSP y ponerlo a tono con la nueva situación. Esa tensión interna neutralizó el propósito de relanzar al bloque como instancia conjunta de gravitación efectiva en el nuevo escenario continental. Y sólo fue resuelta por definiciones de compromiso (ver texto completo de la Declaración Final en pág. 38).
Convergencia suramericana Cuando Freddy Bernal, el alcalde de Caracas, anunció que el Movimiento Vª República se disolvía para dar paso al Partido Socialista Unido de Venezuela, expuso en detalle las medidas anunciadas por el presidente Hugo Chávez para avanzar hacia el socialismo del siglo XXI y anunció que se proponía disolver la Alcaldía que conduce, para crear "las comunas de Caracas" y transferir al pueblo el poder efectivo, se hizo evidente que la marea revolucionaria había entrado al recinto donde sesionaba el FSP y que la abrumadora mayoría de las delegaciones respaldan con fervor esa respuesta a la coyuntura regional. Pero ¿cómo traducir esa realidad en fuerza unitaria? ¿Cómo mantener la imprescindible amplitud de un frente antimperialista de alcance continental y a la vez afirmar la tónica definida por la Revolución Boliviariana? Salvando las distancias, esa disyuntiva se replanteó poco después, el 18 y 19 de enero en Río de Janeiro, cuando los presidentes de Suramérica asistieron a la XXXI Cumbre del Mercosur. Allí también chocaron la perspectiva de cambios graduales sin romper con el molde capitalista y la propuesta revolucionaria. Hubo rostros de estupefacción al ver que el recién asumido presidente ecuatoriano, Rafael Correa, se alineaba en cuestiones fundamentales con Hugo Chávez y Evo Morales, quienes enarbolando los conceptos del Alba trazaron un horizonte contrapuesto al mercantilismo que impide el avance hacia la unión suramericana. Las incógnitas planteadas por la transición, manifiestas con tanta crudeza en estas reuniones, sólo podrán ser resueltas por la teoría y la práctica social de una perspectiva revolucionaria para el continente. Pero esa simbiosis sólo puede ocurrir en organizaciones políticas a la altura de los nuevos tiempos: partidos revolucionarios, capaces de aglutinar el más amplio abanico de fuerzas, sin que esa imperativa necesidad los ubique a la retaguardia.
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