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Intervención de Eduardo Camín,
director del periódico uruguayo Siete sobre Siete
Quiero en primer término agradecer a los compañeros
y hermanos del pueblo argentino la invitación para este seminario
que no es más que la continuación que el que se llevó
a cabo en la ciudad de Montevideo durante el mes de junio del corriente
año.
Nacido el 2 de marzo como iniciativa de tres publicaciones: América
XXI, semanario Siete sobre Siete y Crítica de Nuestro Tiempo como
resultado de la propuesta de Hugo Chávez sobre la necesidad de
construir el socialismo del siglo XXI.
Las alternativas de cambio social anticapitalista deben
pasar por la articulación de las voluntades políticas y
sociales creadoras de horizontes históricos y futuros contingentes.
Pensar desde la izquierda nos debe situar, por lo tanto, en una esfera
de reflexión cuya potencia radica en la capacidad para desarrollar
y constituir razón critica. Concientes de aquel aforismo de Marx
de que “las ideas vencen a las ideas, pero solo las armas destruyen
a las armas”. Este pensamiento de Marx, tantas veces citado y últimamente
con más premura, no deja de reconocer el papel preponderante que
en la pugna histórica cabe a las ideas, las que cumplen una etapa
previa y central en el proceso de transformación de las sociedades.
Como ya lo probara el paradigma dieciochesco en el ciclo de las revoluciones
burguesas, a los intelectuales correspondió un exhaustivo, impecable
análisis que aceleró la disgregación del ancien régime:
sus injusticias, sus fallas, sus contradicciones, su esencial arcaísmo
respecto a los nuevos sectores actuantes fueron evidenciados en el campo
de la cultura, transformándolo en una Bastilla indefendible. Paso
previo a la proposición de nuevas formas socio-culturales.
La pugna ideológica y la derrota en este terreno de un determinado
régimen es la primera instancia de su destrucción real y
sustitución.
Si bien la tarea no es concebible sin apoyos muy concretos –el agotamiento
interno del sistema de una sociedad que comienza a hacer de ella materia
perecible; la subrepticia concepción de un cierto modelo renovador
que puede no perfilarse claramente en la conciencia de los críticos
pero que ya responde a una nueva estructura social– la batalla de
ideas es incierta y confusa como todas las batallas. No responde a perfectas
articulaciones mentales sino que se va haciendo sobre la marcha: avanza
por repentinas intuiciones, se aclara y consolida con la lección
de los hechos, erra y zigzaguea en la maraña histórica,
golpea chambonamente y de pronto, en el centro mismo de la confusión,
acierta plenamente.
A fines de los ochenta y comienzos de los noventa el liberalismo capitalista
triunfaba sobre su enemigo, el comunismo. Inmediatamente elaboró
un plan general destinado a obtener un inmediato consenso global.
El programa neoliberal prometía prosperidad, paz, democracia y
libertad para todos. Tras la caída de los ex países socialistas,
las divisiones internas de los partidos comunistas y la debilidad del
movimiento obrero mundial consolidaban al sistema capitalista neoliberal.
Innovación, desarrollo científico técnico, unificación
electrónica en todo el planeta uniformizaba el sistema financiero
y económico mundiales.
Declaraciones en Foros internacionales y encuentros mundiales llevaron
a los países de todo el mundo a proponerse perfeccionar la democracia
capitalista y como el sistema neoliberal había derrotado a su enemigo
principal se podía pensar que ese era el único objetivo
de ahí en delante de la política racional. Muchos pensaron
entonces que la historia había llegado a su fin. En realidad quien
planteó esta tesis del “fin de la historia” fue Francis
Fukuyama en medio del eufórico clima triunfalista y la borrachera
ideológica de comienzos de los 90.
Por un momento parecía que la historia se ponía de su parte
y, al parecer, las opciones socialistas, marxistas, comunistas, de liberación
nacional alternativas al capitalismo habían perdido toda vigencia
y se volvían indeseables para las grandes masas.
Los ideólogos, los intelectuales, dirigentes de izquierda, comenzaron
a vociferar, escribir y anunciar a los cuatro vientos que las ideas marxistas
se volvían de un día para otro irracionales. Ideas trasnochadas,
ideologías caducas, comunismos arqueológicos, radicalismos,
fundamentalismos intransigentes y marxismos pasados de moda. Ha sido esta
conceptualización la que ha ligado una especie de pesimismo histórico
que generaliza y termina por concluir no sin cierto grado de brillantez
teórica, en la idea de una derrota de la izquierda y del fin de
la era de las revoluciones.
Treinta años después de la publicación de aquella
tesis de Fukuyama, aquel optimismo inicial del cual fueron grandes propagandistas
los líderes de los partidos de la burguesía ya no es lo
mismo ni en el Uruguay, ni en la región ni siquiera en el panorama
internacional. El llamado “fin de la historia” como paradigma
de la modernización se derrumba estrepitosamente. Tras la caída
del muro de Berlín los conflictos en los países pobres la
violencia política o la guerra civil se profundizaron.
Los Estados Unidos, su principal mentor y la mayor potencia militar imperialista,
del planeta es incapaz de asegurar la estabilidad mundial y debe recurrir
inventado pretextos a la ONU, la OTAN y desde hace un tiempo a los ejércitos
de los países pobres como mercenarios para imponer la paz en las
zonas de conflicto: Yugoeslavia, Afganistán, Irak, Haití
y Colombia.
Cada vez más las acciones de prepotencia y ocupación yanqui
generan mayores rechazos y antipatías de los pueblos del Tercer
Mundo.
El propio Fukuyama es el primero en reconocer que las intervenciones militares
norteamericanas crearon un amplio sentimiento antiimperialista, al cual
le llama “anti americanismo”.
También en las naciones ricas y poderosas los conflictos se extienden:
en el propio corazón del imperio con su 11 de setiembre, en marzo
España, junio Londres y ahora Francia, que arde durante noches
seguidas.
Los grandes medios de prensa y los analistas políticos hacen referencia
a estos hechos como si se tratasen de “terroristas islámicos”,
pero quien lee con atención los periódicos o ha tenido la
posibilidad de viajar comprenderá que en realidad se tratan de
ciudadanos inmigrantes de segunda o tercera generación de magrebinos
nacidos en el primer mundo.
Para Fukuyama es hora de restaurar la soberanía estatal. En su
ambición por liberar a la economía de cualquier traba, las
políticas triunfantes en los años 90 atrofiaron o anularon
las posibilidades del Estado para impedir la violencia, el aumento de
la violencia o la explotación esclavista del trabajo humano. En
su último libro “La construcción del Estado”,
Fukuyama escribe defendiendo la construcción del Estado como uno
de los asuntos de mayor importancia para la comunidad mundial, dado que
“los Estados débiles o fracasados causan buena parte de los
problemas más graves a los que se enfrenta el mundo, la pobreza,
el sida, las drogas o el terrorismo”.
En los intentos por fundar un nuevo orden mundial –ahora fortaleciendo
al Estado– Fukuyama se opone al dogma neoliberal de achicar al Estado
a su mínima expresión.
Según los neoliberales el Estado se inmiscuye demasiado en los
negocios privados bloqueando las iniciativas individuales. Cuanto más
acotado sea el papel del Estado, la sociedad que lo padece como un mal
necesario principalmente por seguridad, disfrutará de mayores estímulos
para aumentar la riqueza y garantizar la libertad de empresa.
Los liberales quienes ven sólo en el Estado un factor de distorsión
económica, pésima gestión, demasiada intervención,
altos impuestos recomendaron reducirlo al mínimo. Hasta hoy nuestro
ministro de economía Danilo Astori sigue hablando de “reforma
del Estado”; lo antiguos lideres Blancos y Colorados Lacalle,
Sanguinetti y Batlle hicieron referencia a la necesidad de “achicar
el Estado”.
Ahora, después de leer el nuevo libro de Fukuyama, tendrán
que comenzar la nueva prédica de su reconstrucción.
La realidad es que el maravilloso mundo que los liberales previeron más
allá del Estado, aquellos adoradores de la libertad de mercado,
no encontraron el mundo apacible de tenderos especuladores y banqueros
usureros intercambiando mercancías y billetes verdes.
Lo que si sobrevino fue el desempleo, la miseria, la guerra civil, los
estallidos sociales, la multiplicación de los cantegriles o villas
miseria, la inestabilidad regional y la inseguridad mundial.
Ahora para los liberales el miedo lo constituye el mundo sin Estados porque
se vuelve peligroso, con posibles terroristas, atentados suicidas, narcotraficantes,
mercenarios y sicarios y desestabilizadores de todo tipo.
A los neoliberales el mundo se les ha vuelto ahora peligroso. Mientras
tanto en nuestro país, Uruguay, los servicios de seguridad uruguayos
recomiendan leer a James Petras para quienes quieran conocer la ideología
y el pensamiento de los anticapitalistas, anti-neoliberales, antiimperialistas.
Faltó decir a la inteligencia militar y policial que para conocer
la explotación y las causas de la miseria, desocupación
y el hambre de más de un millón de uruguayos hace falta
leer a Fukuyama.
Este estrepitoso fracaso de los ideólogos liberales y la imposibilidad
de la mayor potencia militar, económica, política y propagandística
del planeta de mantener la estabilidad mundial. Obligan a los países
que siguiendo estrictamente las directivas del Fondo Monetario Internacional
y otros organismos multilaterales de crédito a emplear y hacer
uso de los aparatos de represión como última medida para
detener la protesta y el descontento de los pueblos.
Eso es precisamente lo que está sucediendo en este momento en nuestro
país, Uruguay.
-Primero el Gobierno firmó la Carta Intención con el FMI.
-Después mantuvo en manos privadas extranjeras el agua potable
de Maldonado mediante un decreto anticonstitucional, contrariando la voluntad
popular del 64%.
(Creando una figura jurídica de marco interpretativo de la constitución)
-También reforzó el contingente de soldados uruguayos en
Haití.
-Exigió a los parlamentarios progresistas votar a favor de las
maniobras UNITAS.
-Promovió, y se transformo en un ardiente defensor las plantas
de celulosa de Botnia y Ence en Fray Bentos.
-Fracasó sensacionalmente en sus anuncios con respecto a la política
de derechos humanos.
-Realizó tres aumentos seguidos del precio de los combustibles,
lo que derivó en nuevos aumentos de las tarifas públicas.
-Anunció una ley de fueros sindicales que sigue sin ser sancionada
por el Senado bajo las presiones empresariales.
-Mal instrumentado, lento y enredado, continúa un plan de ayuda
social para los pobres que originó piquetes, protestas y reclamos
sucesivos de los propios beneficiarios.
-No se cumplió con la promesa de que nadie que se hubiese endeudado
trabajando perdería algo de lo suyo.
-Terminó votándose un Presupuesto nocivo para los trabajadores
del Estado y de nula proyección social. Un nuevo proyecto de ajuste
que no cambia ni modifica lo anterior.
-Ahora se impondrá la aprobación del llamado Tratado de
Inversiones con los Estados Unidos que no es otra cosa que un bis al ALCA.
-Y comienza a plantearse un proyecto fiscal que modifica varios de los
impuestos, los ingresos y rentas de sectores medios de la sociedad lo
que permitirá aumentar la recaudación mucho más.
¿Qué puede venir después de todo esto cuando las
consecuencias de mantener un dólar bajo sigue restringiendo el
consumo interno, la muerte de la producción nacional, los desalojos,
remates y el aumento de la delincuencia juvenil y ciudadana?
-Un gobierno que abandona el desafío -antes de haberlo intentado-
de cumplir la promesa del país productivo.
-Que se ve asfixiado por el peso del pago de la deuda.
-Que no tiene recursos para los reclamos sociales.
-Que no genera empleos. Es decir trabajo digno y bien remunerado
-Que continúa por el camino de castigar al más débil
y privilegiar al fuerte.
-Que se equivoca a lo largo y a lo ancho en su política exterior
generándose un grave conflicto con nuestros aliados históricos,
los argentinos.
-Un gobierno que no se está dirigiendo con el programa del Frente
Amplio, ni los acuerdos del último Congreso.
¿Qué le queda por hacer a este gobierno entonces?
Solo aplicar el rigor, la disciplina, el autoritarismo el “ordene
y mande”, acompañado por el brazo de yeso de los parlamentarios.
La peor situación y el principal peligro del gobierno
progresista es su debilidad y dependencia del imperialismo y presiones
de la gran burguesía nacional, los servicios de inteligencia y
los propietarios de los grandes medios de prensa.
Y como consecuencia de todo ello, su distanciamiento con los trabajadores,
los sectores populares sus bases históricas.
Por ahora, los partidos con ideología soportan porque sus principales
dirigentes participan en el gobierno.
Por ahora, la central obrera se mantiene firme en su apoyo al gobierno,
porque también muchos de sus dirigentes hoy participan del gobierno.
Pero ¿hasta cuándo se mantendrá esta posición
de fidelidad a toda costa?
Hasta que las bases de esos partidos con ideología y los trabajadores
exijan a sus direcciones deponer su actitud y tomen en cuenta sus discrepancias
una vez que estas hayan madurado y adquieran formas y expresiones concretas.
La realidad es que hoy por hoy el gobierno progresista no inventa nada
nuevo en materia de respuesta a los reclamos sociales, constitucionales
y programáticos.
Hecha mano al viejo diccionario del miedo, la acusación, la gran
prensa que cumple el tradicional papel de condenar con toda su reacción
la protesta social.
La violencia
La violencia que siempre viene de afuera ya no se trata que proceda
de Moscú o de La Habana, ahora procede del sociólogo James
Petras, que vive nada menos que en Estados Unidos. Así lo expresan
los servicios de inteligencia: la culpa la tiene Petras, un foráneo
marxista y anticapitalista, defensor de Chávez y Evo Morales.
Pero no deberíamos olvidar que los caminos de la violencia son
tan viejos como Cristo.
Y para recuerdo y actualización de muchos jóvenes que posiblemente
sepan o no sepan porqué tantos cristianos se integraron a la lucha
política y social. Porqué el cristianismo se unió
junto al marxismo en América Latina o porqué hubo tantos
curas guerrilleros en este continente.
Y hasta porqué un Papa proletario duró dos meses en el Vaticano
antes que amaneciera tieso y bien muerto en su cama sin que el Vaticano
permitiera realizarle una autopsia.
Para entender un poco más el contenido y la verdad sobre la violencia
quiero recordar algunos párrafos del texto que dieron a conocer
los obispos latinoamericanos reunidos en Medellín, Colombia, el
10 de agosto de 1968 y que decía lo siguiente:
Se habla cada día con más insistencia de la “violencia
en el continente latinoamericano”.
Muchos comienzan a preocuparse. Algunos sienten temor.
Nosotros queremos situarnos ante ella como pastores del pueblo de Dios
y ministros del Evangelio del Amor que procuran interpretar los “signos
de los tiempos”.
Desde esta perspectiva, nos sentimos en la obligación de afirmar,
ante nuestros obispos y eventualmente ante el mundo, el resultado fundamental
de nuestra reflexión pastoral: AMÉRICA LATINA, desde hace
varios siglos, es un continente de violencia.
Se trata de la violencia que una minoría de privilegiados, desde
la época de la Colonia, practica contra la mayoría inmensa
de un pueblo explotado.
Es la violencia del hambre, del desamparo y del subdesarrollo.
La violencia de la persecución, de la opresión y de la ignorancia.
La violencia de la prostitución organizada, de la esclavitud ilegal
pero efectiva, de la discriminación social, intelectual o económica.
América Latina es actualmente un continente de violencia porque
existen en ella grandes regiones donde el promedio de calorías
diarias por habitante oscila entre 1.500 y 2.000, cuando lo normal para
el desarrollo de la vida humana son 2.800 a 3.000 calorías.
Grandes regiones donde más del 70 % de los niños presenta
síntomas de desnutrición, con todas las consecuencias físicas,
síquicas e intelectuales que esto supone.
Siguen diciendo: “Esa misma violencia se manifiesta en el orden
educacional, habitacional, político e incluso religioso. América
Latina nos muestra una población de casi 50% de analfabetos, sin
contar el número de analfabetos funcionales entre la población
adulta”.
“La población marginal urbana... forma barrios enteros en
las periferias de las ciudades, construidos con materiales de desecho,
donde los bajos niveles de vida, la falta de saneamiento, el hacinamiento
y el tamaño mismo de los tugurios, la hace vivir en situación
infrahumana. Otros viven apilados en casas viejas, en la parte antigua
de la ciudad”.
“En América Latina se vive una democracia más formal
que real, donde falta en ocasiones auténtica libertad de organización.
Los sistemas políticos están caracterizados por distintas
formas de oligarquía... En muchos países el grupo militar
constituye un poderoso grupo de presión que pasa a ser decisivo
en la política”.
Llamamos a esto “violencia” porque no se trata de la consecuencia
fatal e inevitable de un problema técnicamente insoluble, sino
del fruto injusto de una situación voluntariamente sostenida.
Somos cada día más conscientes de que la causa de los grandes
problemas humanos que padece el Continente latinoamericano radica fundamentalmente
en el sistema político, económico y social imperante en
la casi totalidad de nuestros países. Sistema basado en “la
ganancia como motor esencial del progreso económico, la competencia
como ley suprema de la economía, la propiedad privada de los medios
de producción como un derecho absoluto”, que Pablo VI denuncia
en la Populorum Progressio.
Es el sistema que desangra cada año el presupuesto nacional de
nuestros países al destinar sumas enormes a gastos militares inútiles,
para la defensa de los intereses de minorías privilegiadas, mientras
nuestros pueblos siguen sumidos en el hambre, en la ignorancia y el aislamiento
porque “no se cuenta con medios” para montar industrias, edificar
escuelas y construir caminos.
Es el sistema que permite el avance arrollador del “imperialismo
internacional del dinero” que, encubierta o descaradamente, se introduce
en nuestros países impidiendo un auténtico desarrollo continental.
Imperialismo que se hace cada día más poderoso al utilizar
nuestra mano de obra barata cuando implanta en nuestros países
sus industrias manufactureras o al succionar nuestras riquezas naturales
cuando “compra materia prima a América Latina a bajo precio
y le vende productos manufacturados necesarios para el desarrollo cada
vez a precios más elevados”.
Es el mismo imperialismo que luego pretende engañar a nuestros
pueblos, haciendo aparecer como “préstamo” benévolo
lo que, en realidad, sólo es una manera diferente de “negociar”
en el plano internacional.
Todo esto no es más que un pálido esbozo del panorama multisecular
del estado de violencia causado por las estructuras de poder económico,
político, social y cultural sean estas nacionales o internacionales,
que pretenden dominar a nuestros pueblos.
América Latina prisionera de esta dinámica se disuelve como
proyecto de identidad cultural, de la misma manera como sucediera durante
el período de poder oligárquico. El liberalismo del siglo
XIX y el neoliberalismo de final de siglo XX, se encuentran reeditando
los mismos problemas y sugiriendo las mismas salidas. Hoy se convoca a
nuestra América a seguir en el mismo carro y en la misma dirección,
solo que ahora le cambian el paisaje y la meta: globalización productiva.
América Latina posee como la Unión Europea sus propios voceros.
Quienes con los mismos argumentos edifican el mejor mundo de mercaderes
posibles. Mundo cuyo principio de eficiencia y racionalidad no es otro
que el de la explotación y la ganancia sin límites.
Por eso estamos hoy aquí junto a ustedes ya que es el sentido social
y humanístico del socialismo lo que marca la diferencia y establece
la distancia entre ambos sistemas sociales. Por esta razón no es
valida la crítica al socialismo con los argumentos esgrimidos por
los intelectuales institucionales defensores de la economía de
mercado.
Como todo proceso histórico es la obra de los hombres que a medida
que viven abren a hachazos su camino en el bosque oscuro.
Quizás sólo cuando ya quedó trazado limpiamente se
les hace claro el impulso que rigió su aventura.
Por eso les decimos: Vivan los pueblos de la patria grande de Artigas,
Bolívar y San Martín, por la verdadera integración
socialista.
Capital Federal, 18 de noviembre de
2005
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