Crónica analítica de un acontecimiento histórico
Monterrey: América Latina y el
Caribe resisten a Estados Unidos
Por Luis Bilbao

INTRODUCCIÓN
En estos encuentros presidenciales que han dado en llamarse “cumbres”aparece a las claras la confrontación interimperialista. La Unión Europea tomó la delantera, en 1990, con la seguidilla anual de Cumbres Iberoamericanas. Cuatro años después Estados Unidos replicó con la Cumbre de las Américas, a un ritmo cuatrianial.
Punto de inicio y frecuencia de estos fastos traducen relaciones de fuerzas políticas en la región entre ambos imperialismos en la coyuntura histórica. Pero indican ante todo la disputa de América Latina como mercado y base de sustentación geoestratégica.
La sobreproducción de mercancías acompañada de disminución relativa de la demanda global reclama sin tregua nuevos mercados. La confrontación por los mercados deriva inexorablemente en lucha franca y requiere control político-militar de territorios.
Tras la caída de la Unión Soviética y la desarticulación del Movimiento de Países No Alineados, durante más de una década y media el escenario internacional fue ocupado casi exclusivamente por aquella disputa interimperialista. Las burguesías locales de los países semicoloniales se redujeron a la condición de mercachifles, obnubilados por espejismos de buenos negocios de cortísimo aliento. Los trabajadores y las masas desposeídas, por su parte, sin voz propia, sin conciencia y organización, quedaron fuera del acontecer político.
La imposición de políticas que favorecerían el flujo de enormes masas de dinero a la búsqueda de altas tasas de interés fue el único fundamento económico de la ilusión de estabilidad. Era una manifestación de la crisis provocada por la caída de la tasa de ganancia en las economías imperialistas, pero fue presentada como lo inverso: expresión de su infinito poderío. Duraría poco: durante el último tramo de 1991 y todo 1992 América Latina recibió 166 mil millones de dólares. Es el dinero que flota en el mundo a la búsqueda desaforada de altas tasas de ganancias y que en ese período se movió de Norte a Sur. Con esos 166 mil millones se contrapesó un déficit global de la cuenta corriente en la región por 98 mil millones de dólares. Los principales receptores de ese flujo de capitales fueron México, 75 mil millones, Argentina, 29.300, Brasil, 19.500 y Chile 7.700. Ya en 1993 hubo una caída abrupta a 70 mil millones en total (México 29.500, Argentina 15.000, con los cuales estos países sostuvieron déficits de cuenta corriente de 23.500 y 7.500 millones respectivamente). En 1994 la tendencia cambió drásticamente: el flujo total se redujo a 47 mil millones de dólares. México recibió 10.500 para un déficit de 36.600 millones y Argentina 10.200 para un déficit de 11.200.
Vendría así el colapso mexicano y la caída vertical de Argentina, mientras se asistiría en el sudeste asiático al fin del espejismo de los supuestos “tigres asiáticos” y como expresión de conjunto, el derrumbe bursátil en Wall Street en 1997.
Con ese cambio avanzó hacia el escenario, como actor de reparto, un conjunto creciente de sectores burgueses de los países al Sur del Río Bravo. Sin embargo, éste no haría su aparición hasta que en 1999 irrumpió la Revolución Boliviariana.
Si en el plano interno el presidente Hugo Chávez asestó un golpe decisivo al sistema político corrompido y moribundo, a escala internacional su ofensiva no fue menos contundente: la reorganización de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y la línea de acción regional que pronto plasmaría en una convergencia de hecho con el entonces presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso.
Consciente de lo que estaba en juego, el Departamento de Estado centró su fuego en el gobierno de Venezuela, apoyándose en una oposición interna debilitada al extremo (“escuálidos” los llamaría Chávez) y en su influencia sobre los medios de difusión de masas en todo el hemisferio.
Todos los intentos fallaron. Por el contrario, a fines de 2003 ganó en Brasil el Partido de los Trabajadores (PT), llevando a la presidencia a Luiz Inácio Lula da Silva, con lo cual se abrió objetivamente el espacio para que el eje Caracas-Brasilia se ampliase y fortaleciese. En este punto Estados Unidos había sufrido una sucesión de derrotas políticas sin precedentes. Había perdido la iniciativa y fallado hasta la humillación en sucesivos esfuerzos por retomarla.
Luego la debacle argentina tendría una deriva para muchos inesperada; algo similar ocurriría con Paraguay; caería el gobierno títere en Bolivia; se fortalecería la perspectiva de una victoria del Frente Amplio en Uruguay y se debilitarían al límite de la sobrevivencia los gobiernos de Perú, Ecuador y Colombia, mientras se perfilan triunfos electorales de fuerzas antimperialistas en El Salvador, Panamá e incluso Nicaragua.
Es con este telón de fondo que el timorato actor de reparto dio un paso, subió al escenario y, arrastrado por fuerzas que no controla y escasamente entiende, quedó en el foco de la atención internacional. Eso ocurrió en Monterrey.
Una investigación concienzuda revelará un dato clave: el papel de Hugo Chávez en este salto al centro del tablado por parte de un número de presidentes que, a estas horas, se pregunta cómo fue llevado allí y en algún caso retrocede a zancadas. Pero no es ése el objetivo de estas páginas. Este es un informe preliminar y crónica inmediata de la Cumbre de Monterrey y del inesperado colofón, en una Sesión Complementaria, cuando Chávez viajó a la Habana y se reunió con Fidel Castro, el único presidente excluído de estos encuentros promovidos por Washington.
El hecho es que ahora ya toma cuerpo un cuadro de situación diferente a escala internacional. Las burguesías succionadas por el imperialismo, de buen o mal grado, entraron a la lid. Y los obreros, los campesinos, los pueblos originarios y las masas marginalizadas por la crisis capitalista terciaron en la confrontación, siquiera de manera indirecta y esquinada a través de Lula y, sobre todo, de Hugo Chávez.
He aquí los episodios que resumen ese cambio cualitativo de la confrontación intercapitalista y la lucha social.

Caracas, 18 de enero de 2004


REUNIÓN EXTRAORDINARIA DE LA CUMBRE DE LAS AMÉRICAS

Bush a la carga en Monterrey

Inopinadamente en Washington resolvieron que era necesario realizar una reunión fuera de agenda de los 34 países americanos (todos menos Cuba) que integran la denominada “Cumbre de las Américas”. Los motivos de la urgencia llevan inquietud a las cancillerías del hemisferio: se teme una intervención militar en Colombia y las reacciones frente a Bolivia.

Faltaban indicios precisos para explicar la premura de la Casa Blanca por congregar a los 34 presidentes admitidos en la Cumbre de las Américas, el 12 y 13 de enero, en la ciudad mexicana de Monterrey. Pero una escalada en los últimos días permite adelantar conclusiones: el presidente estadounidense George Bush llega a Monterrey con el objetivo de contrarrestar el conjunto de medidas que desde el terreno económico y político, chocan con la creación de un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y, por el contrario, delínean un futuro mercado Sur-Sur y avanzan hacia la constitución de alguna forma estable de institucionalidad política común a escala suramericana.
La cuarta reunión ordinaria de la Cumbre de las Américas debía realizarse en 2005 en Buenos Aires; pero Washington forzó un abrupto cambio de fecha y lugar, rompiendo la regularidad de estas reuniones: 1994 en Miami, 1998 en Santiago de Chile, 2001 en Quebec. A estar por los documentos oficiales del Departamento de Estado estadounidense, nada justifica el adelanto de la fecha. En un seminario realizado el 15 de diciembre último en el Departamento de Estado, John Maisto, representante permanente de la Casa Blanca ante la Organización de Estados Americanos (OEA), dijo que el objetivo es “enfocar la atención en los temas del crecimiento económico, el desarrollo social y la gobernabilidad democrática en el Hemisferio Occidental” (1).
Funcionarios consultados en la Casa Rosada se mostraban perplejos, hasta el lunes 5, y evitaban toda conjetura a partir de una serie de señales inconexas dadas en las últimas semanas por figuras clave de la política estadounidense para América Latina. Sin embargo el martes 6, en Buenos Aires, aquella suma de datos cobró coherencia y significado cuando dos horas después de una reunión del Canciller argentino Rafael Bielsa con el embajador estadounidense Lino Gutiérrez (de origen cubano y de la comunidad miamense), el secretario adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental del gobierno estadounidense, Roger Noriega , acusó al gobierno argentino casi como un émulo subversivo de Fidel Castro: «He notado que la política argentina parece haber hecho un giro hacia la izquierda. Y es desconcertante porque Argentina es un país importante que debería estar con nosotros en la promoción de los derechos humanos y la democracia -señaló-. Cuando el canciller Bielsa (Rafael) viajó a La Habana y no se reunió con ninguno de los disidentes eso envió una muy mala señal para la política exterior argentina» (2) .
No era un rayo en cielo sereno. Dos días antes el Nuevo Herald de Miami había reproducido declaraciones del portavoz del Departamento de Estado, Adam Ereli, en las cuales se da otra puntada al entramado presumiblemente tejido con vistas a Monterrey: “Destacaría que el régimen de Castro, como es bien sabido, tiene una larga historia de intentar socavar los gobiernos democráticos a través de la región. Y por esa razón los estrechos lazos entre el gobierno de Venezuela y el gobierno de Cuba plantean preocupaciones entre los socios democráticos de Venezuela” (3).
A través de la agencia de noticias Associated Press, funcionarios no identificados del gobierno estadounidense agregaron que la caída del presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada, sería responsabilidad del dirigente campesino Evo Morales... financiado por el presidente venezolano Hugo Chávez. Como se sabe, en su visita a Santa Cruz de la Sierra con motivo de la cumbre iberoamericana, en noviembre pasado (4), el presidente argentino Néstor Kirchner tuvo un encuentro privado con Morales. Noriega, por su parte, en diversas intervenciones públicas machacó la idea de que “Castro, en sus días finales, parece tener la nostalgia de desestabilizar gobierno electos”. La deliberada amalgama es tan evidente como inconsistente.

NERVIOSISMO E INCOMPETENCIA
No es el modo en que se mueve una diplomacia segura del terreno sobre el que está parada y de la estrategia que articula. Por el contrario, este tipo de operaciones expone una marcada alteración en el ánimo de los hombres del presidente. Sea por la aceleración de los tiempos hacia la creación de una instancia de unidad política suramericana, sea por el temor a una derrota electoral de Bush en las elecciones de octubre próximo, el hecho es que el círculo íntimo de Bush agudiza sus aristas de incompetencia diplomática al trasladar lenguaje y métodos de un lobby anticubano de Miami a la estrategia hemisférica de Estados Unidos. De esta manera multiplica enemigos y exacerba contradicciones de por sí difíciles de resolver.
Gutierrez se reunió con Bielsa el martes 6 a las 16 hs. Noriega descargó su andanada a las 18. ¿Qué exigió el embajador estadounidense al preparar la reunión entre Bush y Kirchner para el martes 13, que la cancillería argentina no podía aceptar?
Una hipótesis que se baraja en círculos diplomáticos alude a la intención de anunciar en Monterrey una fuerza militar conjunta interamericana –obviamente bajo mando de Washington- para intervenir en Colombia. Otra, supone la exigencia de un giro en la política supuestamente ya acordada entre Luiz Inacio Lula da Silva, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, destinada a concretar en tiempo perentorio una unión política suramericana, que prevé “una reunión extraordinaria de presidentes, a mediados de 2004, para formalizar la creación del espacio de integración regional” (5). Una tercera conjetura transmitida por altas fuentes diplomáticas refiere a los temores de Washington por la posible evolución de la situación en Bolivia: informes respecto de la existencia de una fracción militar que apoyaría a los movimientos indígenas impulsa a Bush a adelantarse proponiendo, también allí una “fuerza interamericana de paz”.
En rigor, una hipótesis no invalida la otra: una fuerza militar conjunta comandada por Washington que ocupe Colombia e irradie el hecho hacia toda la región (lo mismo vale para Bolivia), es precisamente el único freno a la vista para impedir la dinámica centrípeta que, con eje en Brasilia y Caracas, opera hoy sobre el subcontinente. La participación o no de Buenos Aires en ese movimiento de alcances históricos puede volcar a uno u otro lado el fiel de la balanza.

Texto tomado de Informe Dipló; Le Monde diplomatique Edición Cono Sur; enero de 2004.
1.- Programa de Información Internacional, Servicio noticioso desde Washington. Departamento de Estados de Estados Unidos, 16-12-03.
2.- Alberto Armendáriz; “Denuncia EE.UU un ‘giro a la izquierda’ de la Argentina”; La Nación, Buenos Aires, 7-01-04.
3.- AP; Washington, 5-01-04. Citado en Asamblea Popular Revolucionaria, www.aporrea.org, 6-01-04
4.- Ver Informe Dipló diciembre 2003 y “Suramérica tercia en la guerra comercial”, Le Monde diplomatique edición Cono Sur; enero 2004.
5.- Walter Curia, “Duhalde propondrá a Kirchner crear una comunidad sudamericana de naciones”; Clarín, Buenos Aires, 28-12-03.

Fiasco estadounidense en Monterrey

(Monterrey, 13 de Enero de 2004). Una hora después de clausurada la Cumbre Extraordinaria de las Américas, está claro que el objetivo central por el cual el gobierno de Estados Unidos adelantó el encuentro, estuvo lejos de lo buscado. Con las excepciones habituales en los últimos tiempos, Suramérica no se alineó tras de Washington, el comienzo del ALCA no fue ratificado, resultaron infructuosas las múltiples presiones para mantener callado al presidente venezolano Hugo Chávez y, para colmo, en su discurso de clausura el presidente argentino Néstor Kirchner hizo una cruda denuncia apuntada a los propios funcionarios de Bush que lo atacaron en la última semana y al FMI, cuyo titular figuró, incomprensiblemente, entre los oradores que inauguraron la cumbre. Eludiendo sutilezas, Kirchner hizo público desde este foro internacional que: (los gobiernos del área) “sufrimos presiones sin comprensión, indefiniciones y demoras de organismos internacionales que parecen no entender la necesidad de crecer para resolver el problema de la deuda en forma eficaz”.
Aunque en su intervención Kirchner pidió a George W. Bush “un Plan Marshall para América Latina”, su denuncia contra los organismos internacionales, la ratificación del compromiso argentino para que Bolivia obtenga una salida al mar, así como la afirmación de que mantiene un diálogo permanente con Chávez y con el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, implica un acto de clausura de la Cumbre exactamente inverso al buscado por el Departamento de Estado estadounidense con la aparatosa reunión fuera de agenda de los 34 presidentes (todos los del hemisferio, excepto Fidel Castro).
Maestros de la manipulación mediática, los estrategas del Departamento de Estado no previeron que al poner el foco sobre una reunión de tal magnitud ineludiblemente las miradas del mundo se posarían en las dos posiciones polares: el monótono discurso amenazante de Bush y la neta alternativa delineada por Chávez, estrella del encuentro ante la ostensible desesperación de los máximos funcionarios estadounidenses.
Nada ahorró ayer Bush en su intervención de apertura: insistió en la necesidad de derrocar al gobierno cubano, machacó sobre el ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas), comparó la situación política venezolana con las de Bolivia y Haití y al salir de su encuentro con el anfitrión, Vicente Fox, colocó en una situación imposible al gobierno mexicano: “el presidente Fox y yo (...) vamos a trabajar con la Organización de Estados Americanos (OEA) para asegurar la integridad del proceso de referéndum presidencial que se está llevando a cabo en Venezuela», dijo ante el gesto estupefacto de Fox.
La mayoría de las comitivas diplomáticas de los 34 países reunidos manifestó en reuniones privadas el profundo desagrado causado por la prepotencia sin mesura de un presidente que sólo brilla por el cargo que inviste. Otro tanto ocurrió con la casi totalidad de los centenares de periodistas acreditados. Pero el disgusto mayor se percibe en los medios mexicanos: utilizar este país -históricamente identificado con la defensa de la soberanía- para intervenir en la problemática interna de Venezuela, es una decisión cuyas consecuencias en la política mexicana no tardará en comprobarse.
Mientras tanto, Hugo Chávez apareció con toda nitidez como la figura representativa de un creciente malestar en todo el hemisferio. Mediante múltiples presiones, se intentó que el presidente venezolano morigerara su tono respecto de los temas más conflictivos en la región. El objetivo, se dijo desde algunas cancillerías, es evitar que el gobierno estadounidense continúe sufriendo reveses sonoros, como los de la conferencia de la OMC (Organización Mundial del Comercio) en Cancún, en septiembre pasado, y en la reunión de cancilleres del ALCA en Miami, apenas una semana después. “No hay que azuzar al león”, se escuchó en algunos corrillos; “para avanzar es necesario evitar a cualquier precio la ira del Departamento de Estado”.
No fue el criterio de Chávez. Desde que descendió de su avión ayer lunes a las 9 de la mañana, comenzó a trazar una posición alternativa que como punto de partida tomó la oposición al ALCA, subrayando que ese proyecto está muerto: “están usando al ALCA como al Cid Campeador” dijo, aludiendo al hecho de utilizar un cadáver para librar una batalla. Inmediatamente, en improvisada conferencia de prensa, reiteró antes de su reunión con Kirchner su deseo de “bañarse en el mar de Bolivia”. Y en la primera sesión de trabajo, luego del discurso de apertura en el que Bush atacó a Cuba y manifestó su intención de intervenir en Venezuela, Chávez hizo una defensa de la ayuda cubana a Venezuela y los avances que esto permitió en su país en materia social, sanitaria y educativa: “este es el país cuyo gobierno se pretende derrocar”, dijo.
En la segunda sesión de trabajo instó a que los presidentes presentes “reconozcamos la gravedad social de nuestros pueblos, por lo que debemos declarar una emergencia social en el continente”. Insistió en que así como se acordó una carta política, deber aprobarse una “carta social”. Repitió también su propuesta de crear un Fondo Humanitario Internacional”, tomando dinero de una reducción de los gastos militares, imposiciones sobre las transacciones financieras, reducción de pagos de la deuda externa, etc. En cada oportunidad insistió en que la pregunta “¿cómo revertir los mecanismos de la desigualdad? sólo puede responderse con un cambio del modelo neoliberal”.
En la segunda sesión de trabajo instó a que los presidentes presentes “reconozcamos la gravedad social de nuestros pueblos, por lo que debemos declarar una emergencia social en el continente”. Insistió en que así como se acordó una carta política, deber aprobarse una “carta social”. Repitió también su propuesta de crear un Fondo Humanitario Internacional”, tomando dinero de una reducción de los gastos militares, imposiciones sobre las transacciones financieras, reducción de pagos de la deuda externa, etc. En cada oportunidad insistió en que la pregunta “¿cómo revertir los mecanismos de la desigualdad? sólo puede responderse con un cambio del modelo neoliberal”.
Trascendió también que Chávez y sus pares de Brasil, Argentina y Paraguay avanzaron efectivamente en la incorporación de Venezula al Mercosur, perspectiva a la cual se opone frontalmente Estados Unidos, porque ve en ella mucho más que el fracaso del ALCA. Por dificultoso que sea el período hasta la próxima reunión Cumbre, en Buenos Aires el año próximo, está claro que con este encuentro extraordinario el Departamento de Estado no logró retomar efectivamente la iniciativa política a escala suramericana ni imponer, como lo hacía hasta muy poco tiempo atrás, el alineamiento automático de los países de la región. Bush vino a la carga a Monterrey. Y sale chamuscado.

La otra cumbre

(La Habana; 15 de enero de 2004). A menudo un gesto vale más que mil palabras. Y aunque no faltaron palabras del presidente venezolano Hugo Chávez en la Cumbre de las Américas realizada en Monterrey, su decisión de salir de México con rumbo a La Habana en las últimas horas del martes 13 tuvo el peso de los símbolos que trascienden toda otra forma de expresión.
Seis horas antes de que en la madrugada de hoy Fidel Castro recibiera en el aeropuerto José Martí a Chávez y su comitiva, éste había echado a rodar algo que, con mucha probabilidad, podría convertirse en una bola de nieve rodando desde la cumbre al abismo al que han sido condenadas las mayorías en América Latina y el Caribe: “¿por qué se ha excluído a Cuba de estas reuniones? si hablamos de democracia ¿por qué no convocamos a nuestros pueblos a un referéndum para saber si quieren o no que Cuba esté aquí?; en Africa, cuando en una oportunidad se quiso reunir desde Europa a todo el continente pero excluyendo a Zimbabwe, un grupo de países dijo: ‘si no invitan a Mugabe, no vamos nosotros’; ¿por qué no podemos hacer lo mismo nosotros?”, dijo Chávez en una conferencia de prensa posterior a la clausura de la cumbre.
Antes, el presidente venezolano había tomado la palabra en la primera sesión de trabajo de la Cumbre frente a los 33 mandatarios del hemisferio, para decir que en Cuba había adelantos sociales extraordinarios y que gracias a la ayuda de este país Venezuela había alcanzado, en el último año, conquistas sobresalientes en materia de salud y educación. George W Bush dio un respingo, puso su expresión habitual, pero no reaccionó.
Si aquello era mucho más de lo que jamás se había visto en las tres reuniones previas, nadie hubiese imaginado que la acción se uniera a la palabra y Chávez fuera a completar la Cumbre de las Américas visitando a Fidel Castro. Pero eso fue exactamente lo que ocurrió: a las 2 de la madrugada de ayer, miércoles 14, mientras el canciller cubano Felipe Pérez Roque intercambiaba opiniones sobre la reunión de Monterrey y la situación internacional con la comitiva venezolana, los presidentes de Cuba y Venezuela iniciaron una conversación que terminaría cuando el sol anunciaba un día luminoso en La Habana.
En esta Sesión Complementaria de la Cumbre Extraordinaria, el tema fue precisamente la novedad que estalló en Monterrey: en Suramérica hay ya un bloque de oposición a la prepotente voracidad estadounidense. Con centro objetivo en Brasil -la mayor economía de la región y más que ninguna amenazada por la exigencia de Washington de crear un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA); con motor en Venezuela y ahora con el ingreso de Argentina, una pieza por la cual el Departamento de Estado estuvo dispuesto a arriesgar más de lo que la más elemental lucidez diplomática aconseja; con el aporte de Paraguay y de la mayoría de los países de la Comunidad Caribeña (Caricom), se conformó espontáneamente una fuerza que, para sorpresa de muchos, superó las brutales presiones y amenazas de la Casa Blanca y produjo otro revés de proporciones al gigante imperial.
Esta fuerza regional expresada por gobiernos de diferente signo existe desde hace más de cuatro años. Ha producido en ese período un cambio nítido en el cuadro de situación hemisférico y su logro más importante es haber impedido a Estados Unidos la consumación del ALCA. Pero por primera vez actúa exitosamente en un escenario concreto y visible para todo el mundo. No podría ser más heterogéneo y quien apostara sin más a su cohesión y consolidación llevaría antes de no mucho tiempo la misma desmentida que reciben ahora aquellas voces -a uno y otro lado del espectro ideológico- que con terquedad digna de mejor causa negaron su existencia.

INICIATIVA POLÍTICA

Como quiera que sea, el hecho está ahora como dato fundamental para interpretar el complejísimo panorama que dominará el continente –e impactará con fuerza sobre el conjunto de relaciones internacionales- durante todo un período. La visibilidad del fenómeno se produce porque por primera vez, tras haberle arrebatado a la Casa Blanca la iniciativa política hemisférica con la reunión de presidentes suramericanos en Brasilia, a mediados de 2000, ahora en Monterrey Washington sufre los efectos encadenados de una dinámica cuyo control ha perdido. Para comprobar esta afirmación basta ver los temas centrales que se imponen en la agenda de la política hemisférica y en las propias cumbres que se suceden con diferentes nombres y contenidos. ¿Alguien recuerda hoy el fantasma al que los técnicos del Departamento de Estado bautizaron como “narcoguerrilla”, para ocultar tras la amalgama el propósito en marcha de ingresar militarmente a la región mediante el Plan Colombia? Al menos no lo recuerdan quienes lo impusieron histéricamente desde la prensa comercial durante años. Ahora los temas son... ¡el combate a la exclusión y la mediterraneidad de Bolivia!
Más aún: la declaración de Monterrey incluye una mención a la “democracia participativa”. Sólo quien conozca los debates ocurridos en la Cumbre de Quebec, en 2001, hasta que se concluyó negando la inclusión de esa frase exigida por la delegación venezolana, podrá medir con aproximación la magnitud y el sentido del tramo recorrido.
Fue la insurrección de Bolivia que depuso al gobierno elegido un año antes la que ofreció la oportunidad de pasar a la ofensiva política a gran escala. Lo hizo Chávez cuando en la Cumbre Iberoamericana, realizada en Santa Cruz de la Sierra a mediados del año pasado, lanzó la línea estratégica mediante una expresión de apariencia inofensiva: “me dará mucho gusto tomar un baño en las playas del mar de Bolivia”.
En estas reuniones presidenciales, aunque incómodo es relativamente sencillo hablar del combate a la exclusión social: no se trata de incluir masas desposeídas, marginalizadas y explotadas, sino un párrafo más en el documento final. ¿Pero qué hacer cuando se impone algo tan sencillo como devolver el territorio arrebatado a un país por la fuerza, que además está no sólo en la memoria histórica de Bolivia sino en la candente coyuntura política, a causa de la necesidad de una vía directa y propia para exportar al mundo el gas excedente con el cual podría financiar un proyecto de desarrollo económico y reivindicación social?
El presidente chileno Ricardo Lagos perdió el control hasta de su propia conducta en la última sesión de trabajo en Monterrey y transformó el punto en una línea divisoria cuyas derivaciones sorprenderán a partir de ahora. “Chile no tiene cuestiones pendientes con Bolivia”, dijo con la sangre encendiéndole el rostro. Chávez calló en el momento y comentó luego, en la conferencia de prensa aludida, que le había costado un gran esfuerzo hacerlo. Pero ante un medio centenar de periodistas de todo el mundo dijo: “Qué vergüenza. Lagos... socialista, negando lo que todo el mundo sabe y que hasta la Organización de Estados Americanos (OEA) ha puesto reiteradamente como una exigencia inaplazable”.
Todo un entramado de afinidades, definiciones y alianzas en Suramérica está replanteado ahora por imperio de la definición que gravitará sobre la política regional a partir de ahora: resolver o no, y de qué manera, la salida de Bolivia al mar. No hace falta decir que de esta respuesta depende la suerte inmediata del presidente Carlos Mesa y, con ella, los efectos de la onda expansiva de un nuevo colapso político en Bolivia.

EL FUTURO A LA VISTA
Pero Fidel y Chávez no limitaron su actividad a la Sesión Complementaria de la Cumbre de las Américas. Por la tarde ambos presidieron un acto en el Teatro Karl Marx de La Habana, ante unos 2500 estudiantes de Trabajo Social y de Medicina, 1800 de ellos venidos desde Venezuela y a punto de completar el curso. El encuentro tuvo el colorido imaginable de una masa juvenil cantando consignas revolucionarias y dando expansión a la alegría. Pero hubo un condimento adicional. Nadie sabía que Fidel y Chávez estarían allí. Cuando a las 18 horas se levantó el telón y la sorpresa quedó a la vista, la explosión de los 2500 jóvenes que después de segundos interminables tomó cuerpo en la consigna “Alerta, Alerta que camina, la espada de Bolívar por América Latina” estremeció el corazón de todos quienes participaron de ese otro símbolo, acaso más elocuente aun que el gesto de Chávez al viajar a Cuba.
Luego hablaron Fidel -apenas una introducción de pocos minutos- y Chávez, con una prolongada exposición coloquial donde habló con aquella juventud para resumirles la situación internacional e interna venezolana.
Puestos una frente a otra la Cumbre de Monterrey y el acto en el Karl Marx la conclusión se impone con la fuerza de las evidencias: allá, el pasado que muere; aquí, el futuro que pugna por nacer.

CONCLUSIÓN
¿Será o no Monterrey el punto de partida para un bloque regional dispuesto a y capaz de enfrentar a Estados Unidos? No hay respuesta firme hoy para esa incógnita. Depende de factores que no han desplegado aún todas sus potencialidades (positivas y negativas), perceptibles en las conductas de los presidentes que en la capital del Estado de Nuevo León se alinearon en un gesto de resistencia más allá de su intención, humillaron a Bush y asestaron un sonoro revés a los magros estrategas del Departamento de Estado.
Al dar por muerto el ALCA y asumir la intransigente defensa de una salida al mar para Bolivia, el presidente venezolano hundió el escalpelo en dos puntos cuya definición tendrá efectos trascendentales: ¿cómo se alinearán los gobiernos de Brasil y Argentina? ¿Qué hará el propio presidente Mesa y cómo repercutirá su conducta sobre su propia capacidad para gobernar por un lado y, por el otro, sobre su relación con Estados Unidos? ¿Qué posición tomará el Departamento de Estado: apoyará a Chile arrastrando al abismo a Mesa o hará lo inverso, rompiendo la relación con Chile, única base de sustentación firme en el Cono Sur para la estrategia imperialista?
Es presumible que la Casa Blanca aliente sentimientos chovinistas y promueva una confrontación bélica entre Bolivia y Chile, mientras continúa trabajando tras el objetivo de dividir geográficamente al país del altiplano y avanza en la línea de afirmar bases militares y maniobras militares conjuntas bajo su mando en todo el continente. Esa perspectiva sólo puede ser contrarrestada con una estrategia de unidad política e integración económica latinoamericana, con apoyo en la movilización conjunta desde el Bravo a la Patagonia. No se debe perder un instante en la articulación efectiva de esta línea de acción, bregando por la unidad social y política de obreros, campesinos, pueblos originarios, juventudes y capas medias, más allá de la conducta que adopten circunstanciales gobiernos.

Buenos Aires, 20 de enero de 2004.



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