Momento de definiciones sin retorno

Por Luis Bilbao



Con cuatro meses en su cargo la secretaria de Estado Condoleezza Rice ha acumulado en América Latina casi tantos reveses como su antecesor en cuatro años. Cuando a fines de marzo los presidentes de Colombia, Brasil y España se reunieron en ciudad Guayana invitados por Hugo Chávez, la conspiración destinada a provocar un enfrentamiento entre Bogotá y Caracas que pasara de la diplomacia al terreno militar, se transformó en lo opuesto.
Luego vino la saga de la OEA, que en pocos días llevó a Rice de la soberbia al ridículo: el Departamento de Estado propuso como candidato a secretario general al salvadoreño Francisco Flores; Venezuela apoyó al chileno José Miguel Insulza. Un tercer candidato era el ministro mexicano Luis Ernesto Derbez. Para evitar la ineludible derrota, Rice hizo retirar a Flores, apoyó a Derbez y fue a la prueba de fuerza. Hubo cinco votaciones empatadas entre Derbez e Insulza. Rice pidió tiempo y voló a Brasilia. Pero fracasó en el intento de cambiar el voto de Lula. Y ante la inminencia de una humillante derrota optó por lo que consideró el mal menor: hizo renunciar al candidato mexicano. Difícil imaginar un precedente diplomático más grotesco.
Sería injusto -y erróneo- cargar las tintas sobre Condoleezza Rice. El fracaso en la acción directa -el secuestro de un dirigente de las Farc colombianas en Caracas en noviembre último, para provocar el choque entre Venezuela y Colombia- y el desastre diplomático en la OEA, reflejan con exactitud el sentido en el que se desplazan las relaciones de fuerza en la actual coyuntura histórica.
Estados Unidos retrocede. Y lo hace de manera desordenada, como que todavía no ha asumido que sus órdenes no son cumplidas. El viaje en zig zag de Rice -Brasilia, Bogotá, Santiago, San Salvador- dibuja el trastabilleo de un boxeador aturdido por los golpes.

Coyuntura crucial

Otra cosa es quién ocupa el espacio que pierde Washington. Y otra más, de mayor gravedad inmediata, es la respuesta previsible de un imperialismo tambaleante, empujado a apelar a todos sus inmensos recursos y, sobre todo, a aquél donde se siente más fuerte: el de la guerra.
En términos estratégicos, dos fuerzas principales se proyectan sobre el espacio ganado al imperialismo estadounidense. Una de ellas está en íntima asociación con el imperialismo europeo. La otra, quedó corporizada con el Alba entre Cuba y Venezuela, un proyecto de integración y desarrollo en beneficio de los pueblos y no de las multinacionales o de los grandes capitales locales. Una tercera vía puede situarse en fuerzas políticas y sociales identificadas con la socialdemocracia europea, que intentan trazar una bisectriz entre reformas urgentes en Suramérica y la dependencia del imperialismo europeo.
Washington tiembla: las paces de Ciudad Guayana ocurrieron en presencia del presidente socialdemócrata del Estado español; el tironeo en la OEA terminó dándole la victoria a un ministro socialdemócrata del gobierno chileno; los días 28 y 29 de abril se reunieron en Montevideo altas autoridades de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, en una actividad promovida por la Fundación socialdemócrata Friedrich Ebert, para debatir la situación internacional y un proyecto de integración y cooperación suramericana; mientras tanto se daba un paso gigantesco en La Habana, reafirmado como estrategia por el presidente Chávez cuando el 1° de mayo proclamó en Caracas la necesidad de avanzar al socialismo.
Es obvio que se trata de estrategias diferentes. Pero desde el punto de vista inmediato y en el actual cuadro de relaciones de fuerza a escala internacional, donde priva la competencia interimperialista, para Estados Unidos los avances de la Unión Europea constituyen una perspectiva temible. Éstos, sumados a la conflictividad social creciente en todo el hemisferio y ahora con Venezuela y Cuba asociados en términos jamás experimentados en América Latina, significan un alerta rojo.

Las armas de Estados Unidos

Washington rearticuló con presteza sus armas más poderosas en la región: el Plan Colombia (rebautizado Plan Patriota), el Alca (rediseñado como ‘alquita’) y, acaso en primer lugar, la división del bloque suramericano que gradual y sinuosamente en los últimos seis años le arrebató la iniciativa y el control político.
Los viajes del secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su colega Rice intentaron, con diversa fortuna, rearticular el componente militar de la contraofensiva, mediante las maniobras conjuntas, las medidas camufladas bajo la supuesta lucha contra el terrorismo, y el narcotráfico y la refinanciación del Plan Patriota. Sin resultados netos, la Casa Blanca recuperó en ese terreno espacios que se dirimirán en lo que resta del año. No menos ambiguo fue el saldo obtenido en los acuerdos bilaterales de libre comercio. En materia de cuñas incrustadas en el proceso de convergencia suramericana, sin embargo, el Departamento de Estado puede contar algunos éxitos.
El caso argentino es el ejemplo más elocuente: el Congreso votó una ley antiterrorista exigida por Estados Unidos; para realizar una reunión de embajadores destinada a rediseñar la estrategia hemisférica de Argentina, el canciller Rafael Bielsa escogió la capital estadounidense, Washington DC; y al cabo de dos días de reunión, publicó en el principal diario argentino un artículo rescatando el Alca y simultáneamente descargó una andanada contra Brasil y las relaciones diplomáticas y económicas con el gobierno de Lula. Todo esto fue amplificado hasta lo inverosímil por los grandes medios de prensa comercial, ostensiblemente identificados con el objetivo balcanizador de Washington. Y hubo una reacción inmediata desde diferentes cancillerías y el propio gobierno argentino.
En los próximos meses podrán evaluarse los resultados de estas cruciales batallas de la transición.

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